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jueves, 18 de diciembre de 2014

DISGRESIONES SEMÁNTICAS MOTIVADAS POR LAS AGUJAS.-





Agujetas reconocía padecer el machote protagonista de “La mujer pirata” negando la tremenda paliza a que le habían sometido mediante el castigo de los latigazos, decenas de ellos.
Reducirlo a agujetas no era seguramente, para minusvalorar la dureza de la pena, ni para evidenciar el poderío  del héroe que encarnaba -de hecho Louis Jourdan estaba especializado en papeles dulces y melifluos, alejados de protagonistas sobrados de fortaleza física- era más bien una manera de acercamiento, de cortejo hacia el sexo débil que, en este caso era el fuerte, la mujer pirata; encarnada por Jean Peters, la actriz con las mejores piernas del Hollywood de entonces, según los expertos, que yo no puedo juzgarlas bajo esos bombachos enormes y las correspondientes botas fláccidas de caña alta que, al bueno de D. Luis Buñuel prestarían, sin duda,,motivos para algunas de sus entrañables perversiones.

El asunto es que, agujetas, para el niño que contemplaba la película, ignorante de su significado, eran lo más parecido a ”agujitas” y no lograba entender como aquellas heridas producidas por el látigo, se habían convertido en “agujitas”, aunque los cuidados de la guapa y el posterior desarrollo sentimental del asunto me hicieron olvidar la contradicción enseguida. Olvidar, pero no desaparecer, que el ser humano es obstinado, al menos con las pequeñeces de la vida, y las anécdotas sin apenas importancia como la de estas agujas, quedan dando vueltas en su alma durante años. Los asuntos importantes ya son otra cosa, como veremos enseguida.

Después, Elias Canetti me enseñó como ciertamente son espinas, lo que realmente nos van clavando de forma ininterrumpida e inmisericorde desde que tenemos uso de razón; y como esos dardos, imposibles de extraer - observamos aquí la diferencia fundamental entre espinas y agujitas, las segundas pueden retirarse permitiendo la restitutio ad integrum- y como esas espinas, injusticias en su versión metafórica, van enconando nuestro carácter, necesitando alcanzar cada día, ciertos bienes espirituales o terrenales para olvidar su presencia. Aunque no descarta el bueno de Elias que, también podemos extraerlas a condición de clavárselas a otros, a otros más infelices todavía.
Aquí hay demasiada metafísica, o al menos demasiado elevada para incorporarla al quehacer cotidiano, por más que reconozcamos la sabiduría o el brillo del poema, el larguísimo y eterno poema, Masa y Poder de Elias Canettí, ensayo para otros.

Otros literatos, más cercanos, usan su sapiencia, su conocimiento del aquí y el ahora más próximo al lector, para impregnarlo también de ética, de unos valores morales, no menos poderosos. Rafael Chirbes lo hace en su, aparentemente novela, “En la orilla”, donde son esas agujitas las que le clava una y otra vez la vida a alguien que, entiende y de paso, nos enseña, la única forma de supervivencia, la dualidad de la persona que debe ignorar esas dificultades cotidianas, por injustas y dolorosas que sean, para seguir vivo, y la única manera es desdoblando su personalidad, algo que hacemos todos, mediante la invención de otra, mas optimista y esperanzadora, dotada con infinita fe en que cada día por venir nos va a liberar de esas agujas, en tanto en cuanto estas son extraibles, y a sabiendas también de que ello no es posible, no lo ha sido jamás para nadie, aunque todos los esperemos ansiosamente hasta el último suspiro (ese es el título de las memorias de Buñuel, y también el de una peli de Jean Pierre Melville que, en francés se llamó Le dernier souffle, y lo de suflé navideño ya vuelve a distraer al diletante que esto escribe).

Maravilloso Chirbes, y sus páginas interminables preñadas de reflexiones, de gramática parda y otra no tanto, que nos reconfortan al explicarnos de forma amena y creíble, la repercusión que esas puñaladas traperas tienen sobre nuestro estado de ánimo y lo que es más grave sobre la integridad moral de nuestra alma. Creo que voy a tener que leer “Crematorio”. Yo, que abominaba de la novela. Snif.
 Me quedo de él, con su versión positiva, la terapia subconsciente del sufrimiento impuesto por la necedad o por la maldad de otros, virtudes que a veces son sinónimas, al menos para quienes las padecen.

Aprende uno, a quién la vida ha ido cubriendo con el manto de la misantropía, que esta no tiene por que ser un defecto, ni un pecado capital, que bien entendida es la revelación asumida de ese subconsciente que debemos domesticar para poder seguir soñando con un mundo mejor, el de la próxima jornada, porque esta nos la han vuelto a joder.

Recientemente se han desarrollado elecciones sindicales en la empresa donde trabajo, España; y aunque como siempre, han ganado todos los contendientes, me sigo asombrando, me siguen clavando espinas los erizos y los chumbos que me obligan a rascar la piel de ciertos lugares innombrables hasta hacer sangre. Han votado el 80% o más de los censados. A unos sindicatos pagados por la empresa para que defienda a los trabajadores. Para que los defienda frente a ella, que es la que paga. Yo las lecturas infantiles, las hadas, las princesas de largas pestañas, y los caballeros asesinos de indefensos dragones que siempre palman al final, ya las dejé hace tiempo.
El tener fe en que un intermediario pagado exclusivamente por una parte – el aporte de la otra resulta tan ridiculizo como insignificante-, llegue a defender a la otra, a la insolvente, me parece digno de interconsulta a la unidad de psiquiatría. Solo que aquí el comportamiento es colectivo y para este no hay terapia protocolizada, aunque periódicamente la historia suela aportar soluciones ciertamente drásticas.

Si el razonamiento, el silogismo sobre que quien paga manda, para entendernos,  no fuese suficiente, y no es solo porque su efectividad implica razonar, algo exótico, si no fuese suficiente,  tenemos la otra versión de la demostración de la existencia de Dios, según Santo Tomás o San Agustín, que tanto montan (a caballo), el hecho de su actuación presente y pretérita, la de los presuntos agentes sociales a lo largo de todas estas décadas, en las que cambiaron su autentica denominación de “verticales “por la de “de clase” , y sobre todo la de los tiempos difíciles, los presentes, donde su participación en procesos de rapiña institucional, donde los culpables jamás han sido evidenciados, a veces ni expulsados, por los sindicatos donde ejercen su labor, y su inoperancia, el peor de los pecados, la incapacidad, la inutilidad, ante la ruina, el desclasamiento hacia la miseria, y la exclusión vitalicia de millones de trabajadores de la posibilidad de serlo algún día, los hace formar parte de esa nata sobrenadante y maloliente que hace imposible la navegación sobre lo que una vez fue el mar laboral (no de Alborán, ese es otro), o la promesa de serlo.

Y ante esas evidencias, el ochenta por ciento, cuatro quintos de las victimas, se declaran cómplices con su voto, y manifiestan fehacientemente su voluntad de que todo, la vida, siga igual, y a mi Julio Iglesias siempre me ha cargado, por lo que la ración de misantropía, la agujita semanal ya la llevo puesta.

Por cierto que agujetas de color rosa es una canción preciosa de Los Hooligans, grupo mejicano de los sesenta, y si mal no recuerdo, lo de agujetas debe significar algo así como zapatos de tacón alto y fino, de aguja, para acabar de liarme las neuronas, que no de volverme loco, eso “ya” no es posible.

También es cierto que hoy su letra sería acreedora de una denuncia en el juzgado de la violencia de género, o algo así. Fetichistas abstenerse. https://www.youtube.com/watch?v=jY0s2FhrU50

Hoo ho ho
Hoo ho ho
Hoo ho ho

Yo tengo una novia que es un poco tonta
Pero es mi gusto y yo la quiero mucho
No es muy bonita pero esta re loca
Hoo si ella usa mallas también

Agujetas de color de rosas
Y un sombrero grande y feo
El sombrero lleva plumas
De color azul pastel
Hoo ho ho
Hoo ho hoo
Hoo ho ho


                                                 

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