Y sin embargo, es primavera.-
Ya me conozco, y en lo primero que voy a discrepar es sobre el nombre castellano de la primavera,
demasiado largo, cuatro silabas y un final que te deja con la boca abierta,
difícil de coordinar una continuación elegante para frase alguna. No me invento
nada, las otras tres estaciones se
bastan con tres silabas, y terminan en o, que ya es otra cosa.
Si nos fijamos en los vecinos: printemps, spring, fruhling …
hasta en portugués lo llaman mola, y no quisiera entrar en el facil jueguecito
de palabras (realmente mola), ni mucho menos centrar los problemas del país en
la necesidad imperiosa de cambiar de nombre a la primavera. Aunque espero que
la idea sea usada por políticos y propagandistas a su servicio, para distraer
al personal con estupideces como esa. Otras más gordas han usado, y lo siguen
haciendo. Y además es del gerundio de lo quiero hablar.
Cela ya explicó de forma harto comprensible y didáctica, la
diferencia entre el pasado y el gerundio, y no puedo mejorarlo, por lo que no
voy a insistir, solo morderme las uñas cada vez que veo el titular tendencioso,
el discurso imperial, que habla en pasado de todas las desgracias, de todos los
males actuales, anulando un gerundio actual e infinito, que es el autentico.
Tampoco voy a poner ejemplos, por doquier nos asuelan con sus bodoques
envenenados.
Es el uso que los artistas de la pluma, los buenos, hacen
del tiempo, del pasado y del presente, del deja vu, y de la premonición
constante, lo que me maravilla, lo que me hace descubrirme antes los numerosos
genios que en el mundo han sido.
Por eso cuando leo, atribuida a Umbral, la descripción
alegórica, la metáfora perfecta sobre nuestra identidad, tomo consciencia de el
esfuerzo perdido, del sufrimiento gratuito, regalado al intento de comprender
el origen de nuestros males y las consecuencias de golpear una y otra vez la
cabeza contra el muro, la piedrecita del Sísifo absurdo que todos llevamos
dentro, ya sabéis.
Dice Umbral, o quizás sea apócrifo, que España es una viuda
de derechas. Tremenda y certera definición. Quizás considerada machista en los
tiempos que corren – en gerundio siempre- quizás adaptada a un público culto, o
al menos alejado de las témporas religiosas, presentes en periodo electoral,
cuando el significado de las palabras no es tanto el de su origen como el del
deseo de sus destinatarios, feligreses del equipo al que se encuentran
adheridos sentimentalmente, y ausentes de los intereses colectivos que, a la
larga, se superponen a los propios, al menos si la presbicia no te ha llegado
hasta el alma.
Disculpemos el femenino, porque al fin y al cabo así es el
género propio del nombre de nuestro país, y cambiemos el adjetivo “de derechas”
por el de conservador, que supone una mayor precisión a la hora de la comparación,
por muy poética que esta sea. Los viudos y las viudas son conservadores, y lo
son por su instinto de supervivencia y el de la familia, o los restos, que
tienen bajo su responsabilidad. Adjetivo pertinente el de conservador, sea para
el padre de familia o para las patrias en general. Si bien implica la renuncia
al libre albedrio por la totalidad de los familiares subalternos, o de los
súbditos o ciudadanos, en caso de que los hubiera de esta última condición. Ahí
ya tendríamos un abismo terrorífico que priva a las personas de su condición
humana, anulando su libertad para decidir, para elegir su camino, y
utópicamente, el de los demás.
Otro tema sería el considerar la politización de la
metáfora, con la cual discrepo absolutamente. Ya el termino derechas e
izquierdas resulta tan obsoleto como lo es el de los sabores primarios en la
gastronomía. No puedo ni imaginar un plato salado, unicamente salado, a pesar
de haberlo sufrido en no pocas ocasiones, o un plato dulce nada más, o
estrictamente amargo. No es así al arte de la cocina, y todos lo sabemos, sin
necesidad de erudición gastronómica o de cocinar la mitad de bien que la tía
Eduvigis, lo sabemos tan solo por el hecho consuetudinario de comer todos los
días, y tener el juicio innato de calificar lo que nos parece rico y lo que no.
Por eso el arco iris del pensamiento político, y también del
sentimiento, siempre que no se rompa el equilibrio entre ambos, es tan amplio
como el de los colores de la luz a través del prisma, los de la luz del sol al
pasar por el agua en esos momentos mágicos entre el antes y el después de la
lluvia, en ese gerundio fugaz.
Esa amplitud es su esencia, la gama infinita de tonalidades
no puede degradarse hasta limitarse a un par de ellas, a conservadores y
liberales, y a convertirlo en un juego infantil, alejado de la madurez
intelectual donde la mirada se ha expandido por encima del color inicialmente
favorito y la contemplación del espectro humano completo, hará continuar
inevitablemente el gerundio a la vez que vivamos el presente, fundamental
tiempo verbal, aprovechándolo para mejorar el mañana.
Todo esto era, claro está, antes de que se hiciese la luz,
antes de descubrir a esta viuda de derechas que lleva siglos oponiéndose ferozmente a cualquier tipo de cambio en la
gestión domestica, incluyendo en ella inmutables e intocables principios
arcaicos, como puedan ser la incapacidad de sus hijas a tomar decisión alguna
hasta convertirse en viudas (de derechas), el “no se os puede dejar solos” del
anterior caudillo, el desprecio hacia la voluntad de las masas ( la rebelión,
de Ortega) o la condena inevitable sobre la funesta manía de pensar. Sin
despreciar otra media docena de tópicos sobre los que ha construido su
inexpugnable fortín, la fe de nuestros mayores, los nacionalismos indiscriminados
que periódicamente crecen como las setas tras el arco iris, con la
particularidad de que suelen ser todos venenosos cuando no indigestos, y sobre
todo, el vade retro a toda influencia que pueda llegar de viudas vecinas que, a
saber como han conseguido esas su patrimonio, de donde sacan pa tanto como
destacan.
Así llevamos desde
finales del dieciocho, y es bueno reconocerlo, tener la sensatez de asumirlo y
de contemplar los resultados de estos amagos democráticos como lo que son,la
confirmación de que esta buena señora va a mantener la dirección de la manada
mientras conserve la llave de la despensa, la siga conservando, en gerundio, y
disponga en ella de suficiente cebada.
Ya dijo Marx, el socialista, que los cambios solo son
posible cuando el hambre colectiva llega al paroxismo, o algo parecido. El
autentico invento del mundo actual, el nuestro occidental y europeo, el otro es
ficticio, es el regular adecuadamente el suministro para mantener el hambre, de
consumo, evitando que llegue a limites insoportables y peligrosos para el
sistema. De momento con un par de juguetes al año, el selfie y el hastag, el
smartphone y el twiter, parece que se conforman los niños, y lo otro lo del
hambre real, entre las fundaciones benéficas, maravillas de la caridad de las
viudas españolas, y la masiva exportación de pobres de solemnidad a mendigar a
otra parte, cuando no a sus países de origen, mantiene el equilibrio. Si es
necesario se establece un operativo más drástico, el dejar morir ahogados a
millares de candidatos al disfrute de la pobreza nacional.
Todo perfectamente controlado, en apariencia. Pero algunos
comienzan a observar que los vestidos de la viuda llevan ya varias vueltas, el
abrigo comenzó años ha, a perder pelo,
nunca desmentida la sospecha sobre su origen real, ni visón ni marta
cibelina, pobres bichos, y conservando la despensa tan solo el olor de de los
manjares que antaño atesorase. Ello va a obligar a prevenir filtraciones
indeseadas, observadores indiscretos, y sobre todo correveidiles que echen a
perder la sacrosanta imagen de la patria, puesto que ese es otro heterónimo, de
la buena señora.
Vuelta a los tiempos de silencio (del Goyti, o de su
hermano, premio Cervantes, para callarlo, igual que hicieron con Miguel de
Molina, perdón, Muñoz Molina, que también), y a legislar prohibiciones varias
sobre elementos peligrosos o indeseables, casi todos los que piden a la buena
mujer que cambie de peluquera (laca y voluminador extra), de pendientes (de
perla), y de bolso, y se pase por el mercado de abastos y por la cola del paro
(la de los que realmente buscan trabajo), para enseñar a sus hijas otro tipo de
vida diferente a la del siglo dieciséis el del oro que, además, este metal ha
desaparecido de los hogares tras venderlo apresuradamente, unas veces para
comprar armas, otras para comprar
comida.
Y menos mal que es primavera, que continua siendo primavera
en gerundio, y ha llovido algo,
aunque nunca a gusto de todos y aquí, siempre, poco.
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