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viernes, 24 de abril de 2015

EL INTERMINABLE GERUNDIO DE LA VIUDA EN PRIMAVERA.-




Y sin embargo, es primavera.-

 
            Ya me conozco, y en lo primero que voy a discrepar es sobre el nombre castellano de la primavera, demasiado largo, cuatro silabas y un final que te deja con la boca abierta, difícil de coordinar una continuación elegante para frase alguna. No me invento nada, las otras tres estaciones  se bastan con tres silabas, y terminan en o, que ya es otra cosa.
Si nos fijamos en los vecinos: printemps, spring, fruhling … hasta en portugués lo llaman mola, y no quisiera entrar en el facil jueguecito de palabras (realmente mola), ni mucho menos centrar los problemas del país en la necesidad imperiosa de cambiar de nombre a la primavera. Aunque espero que la idea sea usada por políticos y propagandistas a su servicio, para distraer al personal con estupideces como esa. Otras más gordas han usado, y lo siguen haciendo. Y además es del gerundio de lo quiero hablar.

Cela ya explicó de forma harto comprensible y didáctica, la diferencia entre el pasado y el gerundio, y no puedo mejorarlo, por lo que no voy a insistir, solo morderme las uñas cada vez que veo el titular tendencioso, el discurso imperial, que habla en pasado de todas las desgracias, de todos los males actuales, anulando un gerundio actual e infinito, que es el autentico. Tampoco voy a poner ejemplos, por doquier nos asuelan con sus bodoques envenenados.
Es el uso que los artistas de la pluma, los buenos, hacen del tiempo, del pasado y del presente, del deja vu, y de la premonición constante, lo que me maravilla, lo que me hace descubrirme antes los numerosos genios que en el mundo han sido.

Por eso cuando leo, atribuida a Umbral, la descripción alegórica, la metáfora perfecta sobre nuestra identidad, tomo consciencia de el esfuerzo perdido, del sufrimiento gratuito, regalado al intento de comprender el origen de nuestros males y las consecuencias de golpear una y otra vez la cabeza contra el muro, la piedrecita del Sísifo absurdo que todos llevamos dentro, ya sabéis.
Dice Umbral, o quizás sea apócrifo, que España es una viuda de derechas. Tremenda y certera definición. Quizás considerada machista en los tiempos que corren – en gerundio siempre- quizás adaptada a un público culto, o al menos alejado de las témporas religiosas, presentes en periodo electoral, cuando el significado de las palabras no es tanto el de su origen como el del deseo de sus destinatarios, feligreses del equipo al que se encuentran adheridos sentimentalmente, y ausentes de los intereses colectivos que, a la larga, se superponen a los propios, al menos si la presbicia no te ha llegado hasta el alma.

Disculpemos el femenino, porque al fin y al cabo así es el género propio del nombre de nuestro país, y cambiemos el adjetivo “de derechas” por el de conservador, que supone una mayor precisión a la hora de la comparación, por muy poética que esta sea. Los viudos y las viudas son conservadores, y lo son por su instinto de supervivencia y el de la familia, o los restos, que tienen bajo su responsabilidad. Adjetivo pertinente el de conservador, sea para el padre de familia o para las patrias en general. Si bien implica la renuncia al libre albedrio por la totalidad de los familiares subalternos, o de los súbditos o ciudadanos, en caso de que los hubiera de esta última condición. Ahí ya tendríamos un abismo terrorífico que priva a las personas de su condición humana, anulando su libertad para decidir, para elegir su camino, y utópicamente, el de los demás.

Otro tema sería el considerar la politización de la metáfora, con la cual discrepo absolutamente. Ya el termino derechas e izquierdas resulta tan obsoleto como lo es el de los sabores primarios en la gastronomía. No puedo ni imaginar un plato salado, unicamente salado, a pesar de haberlo sufrido en no pocas ocasiones, o un plato dulce nada más, o estrictamente amargo. No es así al arte de la cocina, y todos lo sabemos, sin necesidad de erudición gastronómica o de cocinar la mitad de bien que la tía Eduvigis, lo sabemos tan solo por el hecho consuetudinario de comer todos los días, y tener el juicio innato de calificar lo que nos parece rico y lo que no.

Por eso el arco iris del pensamiento político, y también del sentimiento, siempre que no se rompa el equilibrio entre ambos, es tan amplio como el de los colores de la luz a través del prisma, los de la luz del sol al pasar por el agua en esos momentos mágicos entre el antes y el después de la lluvia, en ese gerundio fugaz.
Esa amplitud es su esencia, la gama infinita de tonalidades no puede degradarse hasta limitarse a un par de ellas, a conservadores y liberales, y a convertirlo en un juego infantil, alejado de la madurez intelectual donde la mirada se ha expandido por encima del color inicialmente favorito y la contemplación del espectro humano completo, hará continuar inevitablemente el gerundio a la vez que vivamos el presente, fundamental tiempo verbal, aprovechándolo para mejorar el mañana.

Todo esto era, claro está, antes de que se hiciese la luz, antes de descubrir a esta viuda de derechas que lleva siglos oponiéndose  ferozmente a cualquier tipo de cambio en la gestión domestica, incluyendo en ella inmutables e intocables principios arcaicos, como puedan ser la incapacidad de sus hijas a tomar decisión alguna hasta convertirse en viudas (de derechas), el “no se os puede dejar solos” del anterior caudillo, el desprecio hacia la voluntad de las masas ( la rebelión, de Ortega) o la condena inevitable sobre la funesta manía de pensar. Sin despreciar otra media docena de tópicos sobre los que ha construido su inexpugnable fortín, la fe de nuestros mayores, los nacionalismos indiscriminados que periódicamente crecen como las setas tras el arco iris, con la particularidad de que suelen ser todos venenosos cuando no indigestos, y sobre todo, el vade retro a toda influencia que pueda llegar de viudas vecinas que, a saber como han conseguido esas su patrimonio, de donde sacan pa tanto como destacan.
 Así llevamos desde finales del dieciocho, y es bueno reconocerlo, tener la sensatez de asumirlo y de contemplar los resultados de estos amagos democráticos como lo que son,la confirmación de que esta buena señora va a mantener la dirección de la manada mientras conserve la llave de la despensa, la siga conservando, en gerundio, y disponga en ella de suficiente cebada.

Ya dijo Marx, el socialista, que los cambios solo son posible cuando el hambre colectiva llega al paroxismo, o algo parecido. El autentico invento del mundo actual, el nuestro occidental y europeo, el otro es ficticio, es el regular adecuadamente el suministro para mantener el hambre, de consumo, evitando que llegue a limites insoportables y peligrosos para el sistema. De momento con un par de juguetes al año, el selfie y el hastag, el smartphone y el twiter, parece que se conforman los niños, y lo otro lo del hambre real, entre las fundaciones benéficas, maravillas de la caridad de las viudas españolas, y la masiva exportación de pobres de solemnidad a mendigar a otra parte, cuando no a sus países de origen, mantiene el equilibrio. Si es necesario se establece un operativo más drástico, el dejar morir ahogados a millares de candidatos al disfrute de la pobreza nacional.

Todo perfectamente controlado, en apariencia. Pero algunos comienzan a observar que los vestidos de la viuda llevan ya varias vueltas, el abrigo comenzó años ha, a perder pelo,  nunca desmentida la sospecha sobre su origen real, ni visón ni marta cibelina, pobres bichos, y conservando la despensa tan solo el olor de de los manjares que antaño atesorase. Ello va a obligar a prevenir filtraciones indeseadas, observadores indiscretos, y sobre todo correveidiles que echen a perder la sacrosanta imagen de la patria, puesto que ese es otro heterónimo, de la buena señora.
Vuelta a los tiempos de silencio (del Goyti, o de su hermano, premio Cervantes, para callarlo, igual que hicieron con Miguel de Molina, perdón, Muñoz Molina, que también), y a legislar prohibiciones varias sobre elementos peligrosos o indeseables, casi todos los que piden a la buena mujer que cambie de peluquera (laca y voluminador extra), de pendientes (de perla), y de bolso, y se pase por el mercado de abastos y por la cola del paro (la de los que realmente buscan trabajo), para enseñar a sus hijas otro tipo de vida diferente a la del siglo dieciséis el del oro que, además, este metal ha desaparecido de los hogares tras venderlo apresuradamente, unas veces para comprar armas,  otras para comprar comida.

Y menos mal que es primavera, que continua siendo primavera en gerundio, y ha llovido algo,  aunque nunca a gusto de todos y aquí, siempre, poco.


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