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viernes, 31 de julio de 2015

LIBROS, LIBROS... 3 (ANATOMÍA DE UN INSTANTE).-


Vuelven los clásicos, si es que se fueron alguna vez.

 
Plutarco y sus vidas paralelas, revivido en la crónica que del golpe de estado de 1981, hace Javier Cercas, otra vez, en su multipremiada tesis sobre el episodio que pudo ser y no fue, o que está siendo de todas maneras, hay opiniones que no descartan lo uno ni lo otro, y el autor nos lo hace saber, o al menos sospechar.

Las vidas son las de Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado, los tres actores , cabecera de reparto del lado “bueno” de aquella función.
Tantas similitudes en sus carreras de traidores necesarios y de hombres enfrentados al pathos, al hades, y a la madre que los trajo, de la manera mas inverosímil, manteniéndose sentados frente a los naranjeros de los guardias.
Abandonados por los ilustrismos diputados, que muerden el polvo de la moqueta palaciega, esperando el desenlace que a algunos de ellos pudiera encumbrar por la veloz vía del calatraveño, a ministerios y vicepresidencias, a los pocos minutos después de que el organizador, Armada, los liberase, y de este modo se cerrase el circulo de otra involución neoprogresista a las que, desgraciadamente, el país ya estaba habituado.
Véase el movimiento suspendido, la revolución pendiente o la transición intransitiva. "Lo tuyo es puro teatro", que diría La Lupe.

Solo por disfrutar con la revisión que Cercas hace sobre las vidas y aventuras de estos Alfanhuis patrios ya merece la lectura este ensayo. Pero su mérito no se queda ahí. La cuidadosa documentación en que se ha basado, incluso la mención de aquella inexistente por su forzada desaparición, caso de las grabaciones telefónicas de los invasores con su cadena de mandos, o parte de los procesos judiciales y sus correspondientes condenas, más parecidos a asambleas plebiscitarias de mano alzada por familiares y amigos que otra cosa.

Hay lagunas en este thriller, como la teoria, para mi inexplicable, de lanzar un golpe de estado para destituir a alguien que había dimitido semanas antes, pero resulta magnifico el guión, en la linea de los clásicos del genero negro. Todos malos, los unos y lo otros, los de arriba y los de abajo, parlamentarios cobardes y ciudadanos desaparecidos, missing, añorados otra vez, esperando que protesten, que se escuche su voz en algo diferente de las “manifestaciones multitudinarias” y las “adhesiones inquebrantables”, esperando a Godot, sin duda alguna.

Venía el texto precedido de premios literarios, de honores reservados a los cronistas sublimes y de ventas millonarias por lectores sedientos de conocimiento. ¿Lo habrán leído después de comprarlo”. El mio ha sido en una modesta edición de bolsillo, de los de usar y tirar, pero os aseguro que ha merecido la pena. Al menos como resumen (400 pag.) como precuela de lo que sucedió antes y de lo que vendrá luego, por aquello de que algo tendrá que cambiar algún día para que no sigamos evadiéndonos de nuestra responsabilidad.

La osadía de Adolfo, la ambición y temeridad para subirse al carro que lo llevase hasta aquel pelotón de ejecución con balas de fogueo, tiene diversas lecturas. Como debe ser. Y no sirven las excelentes anécdotas que firman Santiago Carrillo o incluso el padre del escritor en las últimas páginas.
Ni el chico de Avila era como nosotros, ni era tan listo o tan inculto como insinúa D. Santiago. Aunque, bien es cierto que los lectores disfrutamos con estos sorbetes refrescantes, entre los copiosos platos principales que en esta función nos ofrecen la milicia y la realeza.
A leer, a releer, a anotar, y a conservar. Al fin tenemos un hispanista mitad catalán mitad extremeño, que pueda servir para acabar con el monopolio de los de la pipa y la gabardina.


(Opiniones denostadas de una víctima imparcial)

El autogolpe logró sus objetivos. Detener el paso del Rubicón que hubiese supuesto la democratización del país, la progresión desde democracia tutelada, o consentida, hasta democracia real, y el aviso a las fuerzas vivas, al autentico mandatario de siempre, sobre la inexistencia de motivos de preocupación, ya que no se iba a ir mas allá de lo que ya se hubo andado.

Claro que esta interpretación, como la del intento de desmontaje de la figura retórica, la inexistente para algunos transición democrática – se nos olvidan los adjetivos, tan importantes para definir el sujeto, así, la habitual transición, aislada, no quiere decir absolutamente nada- está mal vista, incluso vilipendiada por los auténticos triunfadores del autogolpe, que son curiosamente los herederos directos de los cuarenta años de dictadura, que al parecer tampoco existió jamás y que en todo caso pertenece ya, por cuestiones de calendario, a eso que llamamos historia.

Y en esas estamos, aquí nadie pide disculpas, con lo bonito que hubiese sido verlos darse un abrazo fraternal, después de que hubiesen reconocido sus errores, ambos, y hubiesen abierto la puerta a la democratización real del país, en lugar de haber fabricado una llave en el 78 con la cual cerraron la puerta al progreso político de la nación , del estado, y del campo. Y así nos va.

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