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jueves, 23 de julio de 2015

LIBROS, LIBROS...


Lecturas de verano, que es el tiempo cuando algunos podemos disfrutarlas.


Justo antes del solsticio de San Juan Bautista (no confundirse con el de verano, que ese es pagano) ya comienza uno a ubicar el tiempo de esas horas extra de luz, y por tanto de vigilia, en la mochila cotidiana donde siempre queda agazapada su avición (sic, de vicio) favorita, justamente después de la primera de todas, la de libar el néctar secreto que alimenta el alma, el que permite sortear la desesperación de contemplar el ocaso del sol, y las subsiguientes e incontrolables pesadillas nocturnas sufriendo, hasta que la suelta en el torrente sanguíneo de los corticoides endógenos que siguen indefectiblemente a la aurora, recarga el saldo de vidas de este videojuego para otra partida, la del dia siguiente.
Y lo hace en ese tiempo extra, regalado por el calendario y promesa de horas que van a reconciliarlo con la inteligencia, con la memoria escrita de ciertos sabios que en el mundo han sido, a la que llamamos literatura, quizás por pereza, o por incapacidad de encontrar un nombre más acorde con el conocimiento escrito, es entonces cuando comienzan a surgir títulos recientes y otros no tanto, que llevan apilados en el estante de los deseos semanas o incluso meses.

Quiero recordar haber leído hace poco, con bastante predisposición hacia el descubrimiento de un brillante novel a quien los lectores y los críticos !Puag!, consideraron mejor novelista de dosmilnosecuantos, Jesús Carrasco y su Intemperie.
Tremendo bajón para quien descubre, vuelve a descubrir algo que ha visto en un par de western y ha entrevisto en los olvidados titulares de “El Caso”, aquel panfleto preconstitucional sobre la crónica nacional del cutrecrimen, el que los pringados ejercen sobre los débiles por los métodos tradicionales tan queridos para el genero, sangre y semen, ya sabéis.

Los crímenes de verdad, los fetén, quedaban y siguen quedando a la espera de que el secreto del sumario deje de serlo, o a que la información pueda salir a la luz después de cincuenta años, -secretos de estado- si es que queda alguna información sin destruir, para entonces. Caso de ciertas conversaciones telefónicas grabadas durante el asedio del congreso por los militares, que la propaganda oficial consiguió convertir en 23-F (tiene mandanga). Parece ser que las grabaciones se perdieron en el mientras, y que nunca conoceremos otra cosa que el eco de las voces de aquellos que oyeron a los que dicen que alguna vez las escucharon. El crimen perfecto.

Para el ciudadano, el problema son los medios, que antes eran los que servían para alcanzar los fines y que ahora tampoco, ahora tienen el apellido de audiovisuales, y sirven, entre otras funciones negativas, para alienar al personal con la banalización del asesino y del violador, del corrupto y del prevaricador, cualquier cosa que llene el mondongo espiritual de quienes adquieren el conocimiento y la información simplemente a partir de la pantalla, pequeña o grande, y de las ondas hertzianas que, desde que falleció La Pirenaica, Radio España Independiente, ya no sirve ni para unas risas.

La novelita en cuestión, caca de la vaca. Una cosa entre el Clint Eastwood más trascendental y épico, trasunto intelectualoide del John Wayne, (una de las bestias negras de Stalin, con la otra pudo acabar en el México lindo), y con la puesta en escena sanguinolenta y gore del David Lynch de Corazón Salvaje.

                                      

Uno preferiría que antes de dar el paso de parir una novela, los autores se impregnasen los dedos y la retina con los textos sagrados del oficio, hubiesen sufrido una vida plena de dolorosos piélagos, y se hubiesen documentado hasta la extenuación sobre el medio en que van a situar a sus personajes. Al parecer, tan solo el último punto cumplía aquí los requisitos, según los cronistas de la pluma, sin embargo seguiré pensando que ningún escenario de zarzuela tendrá nada que ver con la realidad en que se ubica el libreto, y esta no es la excepción. Tupido velo.

Aunque no me extrañaría que hiciesen con ella una película, guión ya tienen, y que luego podamos leer otra novela basada en la película. Y no deliro, no. Ya sucedió algo similar hace unas décadas cuando una chica vio una peli porno y escribió una novela “original” que se convirtió en éxito editorial sobre el que después harían la consiguiente versión cinematográfica. Nada nuevo, salvo que al final los espectadores se aburren, cambian de caseta en la feria de los horrores y eligen otra diversión acorde con sus expectativas.
Como será el asunto que, hasta Lope llegó a decir: 

“...porque como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto”

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