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lunes, 17 de agosto de 2015

LIBROS, LIBROS... 5 (EL ESTADO CLANDESTINO SEGÚN KARSKI).-


Historia de un Estado clandestino.


Continuamos con las autobiografías, y esta es algo así como la aventura equinoccial de otro Capitán Trueno, contada por su protagonista.
Tienen de ventaja aquello del testimonio de primera mano, y tienen de sesgo disuasorio la inevitable incursión del personaje en sucesos imprescindibles para el lector, y para la historia, resultando a veces esta intromisión impostada, cuando no meramente literaria.
La duda sobre su veracidad, siempre resulta necesaria ante cualquier autobiografía, sin que ello derive en ofensa para el escritor.

El estado clandestino polaco durante los años, pocos, en que la invasión alemana (que no exclusivamente nazi) tuvo visos de reversible, es decir hasta que el final de la guerra situó a todo el país en manos soviéticas y eso que llamamos mundo occidental, se resignó a que así fuera, igual que se resignase a que España siguiese en manos de los vencedores, por muy germanófilos , y por tanto malvados, fuesen.
Vidas paralelas otra vez, el gobierno en el exilio, el nuestro en el sur de Francia, igualito que el polaco, y posteriormente en el exilio americano hasta su extinción natural. 
Solo Odiseo regresa victorioso para recuperar su hogar, y solo su perro lo reconoce, y esto sucede en la mitología literaria, en la realidad suele terminar de otra manera.

Obviando las similitudes inevitables con lo nuestro, y aceptando que ellos tuvieron la fortuna de “caer” en el lado bueno, el de los vencedores, el final no guarda excesivas diferencias. La pena, la resignación, el dolor, y la espera vana de que a si a Stalin lo sucede un Kruschev, a Castro no lo suceda otro Castro y a nuestro Generalísimo Jefe del Estado, otro nombrado por él.

El caso de Polonia no creo que haya sido muy diferente al de las otras naciones victimas. Tras mas o menos idéntico tiempo de oscuridad, vuelve a resurgir la viuda de derechas, que alumbra un papa conservador, y que tiene la desgracia, otra, de ver perecer a los gemelos – terrible castigo, tener déspotas a pares- en la visita obligada al lugar del crimen, Katyn, por aquello absurdo de convertir a las víctimas en héroes mientras se perdona, indulgencia plenaria, al criminal. A esto lo llama Ferlosio “El Victimato”, que es algo de lo que se abusa interesadamente en nuestro país para evadir responsabilidades ante las victimas del terrorismo, ante el deber de ejercitar la justicia debida, cosa más dificultosa, y menos rentable a corto, que los homenajes y la erección de templos votivos.

En la crónica de Karski sucede algo parecido pero con el lamento infinito, el dolor envuelto en lágrimas reales de aquel gentil que denunció la mata de millones de judíos, y la negativa a evitarlo por parte de las “potencias” occidentales. Lágrimas de un anciano entrevistado en Shoah, que devolvieron a la actualidad a este héroe silencioso que lo fué, y que nos lo cuenta en su “Historia de un estado clandestino”, censurando pasajes y opiniones sobre lo que aconteció al otro lado de la frontera, la zona soviética, entonces y durante muchos después.
La protección del aliado necesario, que al fin fue quien derrotó a Alemania, y la guerra fría posterior, consiguieron que esa parte imprescindible de la historia polaca, quede silenciada en esta ocasión. Gajes del oficio.

El libro es la historia de hombre cuyo trabajo es algo tan sencillo, tan complejo, y tan peligroso, como dar testimonio de que el país está vivo, de que su gobierno no se rinde, aunque sea en el exilio, y de que el espíritu nacional, el alma de los ancestros, sobrevivirá en el tiempo, al menos para los que creen en ella. Polonia mártir.

La impresión que me deja el trabajo del cronista es un tanto ambigua. Por un lado la abundancia de datos, referencias y descripción del aparato burocrático de este estado moribundo, tiene la credibilidad que le presta alguien que estuvo dentro en todo momento y, sin casi, lugar. Por el otro, el del superhombre que sobrevive las aventuras propias de la novela decimonónica, me induce a sospechar que uno de los dos sea inventado, o al menos exagerado en sus memorias, quizas prestadas por los testimonios de otros que realmente las vivieron o que solo las escucharon, derivando en la descripción de situaciones inverosimiles, facilmente rebatibles par otros cronistas de aquella epoca, sin que sean necesariamente protagonistas de aquella.

Así la denuncia de cárceles nazis cuya crueldad estaba exacerbada por la homosexualidad de los carceleros, o cierto quintacolumnista experto en armas biológicas, portador de tubos contenedores de piojos transmisores del tifus que, habilmente colocaba en el cuello de gestapos y similares.
Supongo tambien, que estos deslices sean pecata minuta, para aquellos que justifican el indudable interés que pueda tener un relato en primera persona de situaciones tan terribles, pero la etiqueta de crónica histórica no llega a permanecer adherida a su envoltorio más allá del estante de la librería. En cuanto coges el libro con tus manos, la credibilidad cae irremisiblemente al suelo.

Ya la primera edición adoleció de repercusión internacional más allá de las decenas de miles de ejemplares distribuidos entre el club de lectores americanos que lo publicaba, y no ha sido hasta que que la comunidad israelí recuperase la figura del escritor, la innegable humanidad de Karski, redescubierto en la tremenda serie sobre el holocausto que Claude Lanzmann rodase en los años ochenta, cuando la reedición del libro ha tenido lugar. Quizás una revisión a fondo, con el añadido de la imagen especular del desastre, la vivida en el campo sovietico por los polacos durante casi medio siglo, hubiese convertido este trabajo en algo digno de figurar en cualquier bibliografia sobre el asunto fundamental del siglo veinte.
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