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martes, 13 de octubre de 2015

De Koudelka a Verneuil. Vidas paralelas que nos incumben.-


 



Jousef Koudelka.

Consiguió el pasaporte de ciudadano de nacionalidad incierta, eran los gloriosos sesenta y además de merecerlo, de haberse ganado a pulso tal distinción  por no poder demostrar documentalmente su procedencia, personalizó el drama de un país, Chequia desde su nacimiento en el 38 hasta la anexión soviética, pasando por las delicias del III Reich. “Nationality Doubtful” dejó el tampón en su pasaporte, aunque finalmente fuese acogido. ¿Adoptado quizás? Por la república francesa.
Pienso en Bolaño, el chileno español que pasaba por mejicano, o quizás era mejicano francés que quería ser catalán, y la verdad es que entre lo uno y lo otro no hay gran diferencia.

El fotógrafo vagabundo, le llaman.
Vagabundos, vagamundos, otro adjetivo que intenta ocultar lo que existe detrás del que está perdido, de los que buscan algo imposible, la tierra prometida, tantas veces prometida como denegada.
Se puede vagabundear por placer, incluso por ese motor intangible al que llamamos carácter, pero no se puede llamar vagabundo a quien nace en un país, Chequia, y pasa por dos, tres regímenes absolutos, donde el imperio, los imperios, anulan todo lo que no figure en el estandarte.
Koudelka alcanza el reconocimiento artístico con su serie sobre los gitanos. Afinidad o coincidencia  en ciertas cosas, la patria a cuestas. Su serie sobre España resulta imprescindible para conocernos mejor.


Henri Verneuil

Llega a Marsella, donde a los nueve años recibe el carnet de apátrida, junto a los restos de su familia, supervivientes del holocausto a que fue sometido el pueblo armenio hace ahora un siglo. Otros tiempos y otros dueños del planeta: “Apatride” es el sello del pasaporte infantil.

“Mayrig” y “588 rue paradise” son sus últimas películas, autobiográficas ellas, donde el realizador francés cumple el sueño de dejar constancia filmada de aquello que sucedió entonces y del valor, la heroicidad de una familia para devolver al niño que fue, aquello que ellos perdieron para siempre.
Otra gloria del cine francés y la ocasión de revivir , al más puro estilo Pagnol, el significado, la importancia de los lazos familiares, por encima de todas las dificultades que los tiempos y la geopolítica (quiere decir en realidad que unos dan patadas en el culo de otros, alejándolos de su hogar) puedan anteponerles.

Pasan cien años y volvemos a las andadas, otra guerra fría. Y si lo de Checoslovaquia en el 68, o lo de Praga, era para nosotros “fría”, igual de fría ahora nos resulta la de Siria. Los rusos defendiendo su bases militares en la zona, los americanos moviendo instituciones supranacionales – así las llaman para disimular- y los franceses sacando pecho por aquello de que los tienen en casa, a los terceros en discordia, los  bizarros y noticiables islamistas, que nadie sabe cuántos son ni donde están, y que resultan levadura imprescindible para que crezca y temple la masa del pan.

Exiliados, refugiados, perseguidos, apátridas, de nacionalidad totalmente cierta, hasta que alguien cambie el nombre de su país y pasen a ser  saharauis en el desierto argelino o palestinos en tierra de nadie.

“Welcome refugees” figuraba en la pancarta gigante, figura todavía, en la fachada del ayuntamiento madrileño, y yo leía inconsciente una inexistente línea final: “To Berlín”.
"Desde Madrid os ofrecemos una cálida bienvenida a Berlín o a donde sea, pero lejos de aquí". Que aunque somos generosos, dignos, honrados y virtuosos en general, apenas disponemos de medios, ni de justicia, para consolar a los millones de españoles sin trabajo, jóvenes sin futuro, y ancianos sin consuelo a corto, cortísimo plazo, cuando sus nietos se hayan perdido en ese mundo donde el origen incierto se convierta en la cifra tatuada en la muñeca, justo al lado de otras estupideces que la moda impone a esa generación que caminará hasta donde le lleguen las fuerzas. Otra cosa, ofrecer lo que no se tiene, al realmente necesitado, es una hipocresia solo justificada por la ambición de algunos mandatarios impios y sus trompeteros de adviento.

Los armenios salieron por miles, centenares de miles, y llegaron centenares, escasas decenas, dejando la ruta repleta de cadáveres. Cadáveres que todavía hoy, cien años después carecen de país que pueda reivindicar su memoria, esa que algunos llaman histórica.

Hileras humanas serpenteando desde el horizonte. Como las que Eisenstein nos  descubría en Iván el Terrible, como las que hemos visto copiadas, imitadas por la realidad en los noticiarios, siempre desde el punto de vista del espectador que está al otro lado, el que contempla la llegada, la aproximación de la turba extraña y emergente, la que sin duda va a ocasionar grandes males allá donde se dirija.

Pocas, y censuradas veces, nos ha sido ofrecida la ocasión de ver la columna infinita desde el lado de los que se incorporan a ella, donde el espectador es actor y donde los dolorosísimos primeros planos del que abandona forzosamente su tierra, sus seres queridos, sus raíces, no deja lugar alguno para el gran angular, imprescindible en la película de la vida de los demás, la que pasivamente contemplamos en las pantallas.

Recuerdo todavía fresco el testimonio hilarante de algunos que contemplaron está marcha, desde ese lado más humano y cruel, el de los que observan a los que inician el viaje en medio de la noche y el frio, y recuerdo lo divertida  que resultaba al relator la imagen de las blusas hinchadas por el viento al perderse en la lejanía. ! Hacían pompas ¡ ! Divertidas pompas!. Me contaba sonriendo. Pompas que flotarían  a lo largo de  las costas de Málaga, Granada y Almería en la ruta de la muerte, una de tantas, en el 36.

Aparentemente, solo en apariencia, las cosas han cambiado, y la acogida y la supervivencia de ciudadanos de países lejanos son, o van a ser, realidad,  garantizando vidas, confort, y algo que no es baladí, el conservar su nacionalidad, la esperanza de que las raíces sigan intactas, bajo la tierra de sus antepasados. Esperemos.

Lo único que me causa cierta aprensión, una mezcla de mosqueo y estupefacción, remusguillo  transmitido inevitablemente a las tripas, al ritmo del tránsito intestinal, al que veo acelerarse progresivamente, es la repetición, la insistencia en estas señales del cielo, los posos de café que la vecina de los armenios inmigrantes analizaban en la película de Verneuil para pronosticar la mejoría inminente de sus penalidades, y que aquí y ahora, inmisericordes  vuelven a repetir estos momentos innobles de la historia.
 Los armenios eliminados durante la primera guerra mundial, los judíos durante la segunda y los campesinos españoles del lado perdedor durante la peor de todas, la Paz.

Desconozco que nos están anunciando los sirios en su huida hacia adelante, de que suceso apocalíptico son heraldos, pero me temo que será lo mismo de siempre. Otra fase del ciclo de sangre y fuego, en el que el dolor de unos servirá para despertar el temor y la piedad en otros, y tan solo la moneda dando vueltas en el aire, determinara si estaremos en uno o en otro equipo, el de los que marchan – en realidad huyen, no nos engañemos- o el de los que contemplan pasivamente el espectáculo, lamentándose, o no, -que ya hemos visto que también haylos -  pero sin olvidar que la moneda está al caer y no tardaremos en conocer que papel nos toca en la función, en este enésimo acto de la tragicomedia de la historia universal.

Escrita, una y mil veces leída, memorizada, y repetida interminablemente como la vida de las hormigas de mi jardín, las que intentan sobrevivir refugiándose en el corazón del membrillo y que han sido descubiertas y exterminadas una a una antes de cocinar la compota, justo ayer, para volver a repetir su tragedia el próximo año, a mediados de octubre. Hormigas somos.

De moriscos y sefardíes ya escribiremos otro dia, aunque me temo que será otra vez, el mismo cuento de las mil y una noches.

P.D.- 
-Koudelka puede disfrutarse todavía en la completísima exposición monográfica que se exhibe en la Fundación Mapfre de Madrid.
-Las pelis de Verneuil pueden verse, libre y pecaminosamente, gracias a que el campo, cultural en general, y cinematográfico en particular, perdió sus puertas hace tiempo.
-La compota es personal e intransferible. Ni a los refugiados les voy a dejar probarla. Se siente.


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