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martes, 6 de octubre de 2015

ROHMER EN EL MANUAL DE USO CULTURAL.-





“Quien tiene dos mujeres pierde su alma, quien tiene dos casas, pierde la razón” (Proverbio de Champagne) de “Las noches de la luna llena” (1984).


Media vida esperando la cita anual con la última película de Rohmer ansioso de ver otra vez la misma historia mínima, los mismos personajes, chicas jóvenes, y por tanto guapas, y hasta las mismas actrices que, milagrosamente no lo aparentaban, tal parecen personas normales a las que hubiesen pillado durante noventa minutos de su vida, tan normal  e intrascendente, como la del común de los mortales. Repetición que siempre ha satisfecho las expectativas aplazadas, estimulando la adicción, ahora colección, de cine tan singular.

Términos como: sociología, metafísica, moralismo naturalista, o incluso “prosa cinematográfica”, se han usado para etiquetar la obra de este autor, fundador de la “Nouvelle vague”, director de “Cahiers” y productor  a través de  “Les Films du Losange”, donde Nestor Almendros sentaría el patrón estético de la imagen cinematográfica que Rohmer, y  media Europa, mantendrían hasta el final de sus cuentos morales y de las cuatro estaciones, de sus comedias y proverbios.

Curiosamente esta afición es generosamente compartida por cinéfilos durante el último medio siglo, sobre películas aparentemente clónicas, historias presuntamente banales, donde los interminables diálogos no solo sirven para ocultar la ausencia absoluta de fondo musical y  permitir a los personajes moverse en esa pequeña parcela del jardín que la vida les ha concedido, sino que ademásles les facilita el
 definir sus personalidades al hablar , al moverse, al gesticular y comportarse, estableciendo un paisaje que acaba convirtiéndose en protagonista, lo que nos induce a sospechar que detrás de cada pequeña vicisitud se esconde una gran lección, una profunda reflexión moral que  justifica el tiempo que le hemos dedicado, y relativiza el placer que nos ha producido. 

Cine feminista sin necesidad de militancia, desde su primer documental sobre la afluencia femenina en la universidad francesa durante los sesenta, Une Étudiante d'aujourd'hui, (1966) y explicita a lo largo de toda su obra. 

Quizás lo lo único que pude  reprocharle a este hombre es que se fuese, que nos dejase sin suministro anual, que a sus noventa años dejase de otorgar la paga, la propina que hace feliz al nieto hasta la próxima visita al abuelo. Ello a pesar del inevitable abuso que la industria comete sobre los cineastas longevos, cuyas ultimas películas no pasan de ser otra cosa que productos indignos cuando no sobrevalorados, solo aptos para un público poco exigente: Hitchcock, Buñuel, Kurosawa...también Rohmer.

Afortunadamente, cuando creímos que la orfandad era algo natural e inevitable, descubrimos una cineasta - mujer, como Rohmer habría deseado- que ha recogido el testigo de este cine moral e imprescindible. La japonesa Naoko Ogigami, ya va por su cuarto proverbio, y ha conseguido algo tan impensable como el que no echemos en falta a su maestro, añadiendo además la sutileza oriental de utilizar los silencios, los planos estáticos, los insertos sobre elementos del entorno, que nos dejan tiempo para coger aire y meditar sobre lo que nos está sucediendo, posiblemente algo similar a lo que cuenta la película.
Y es que: “Quien habla demasiado acaba errado” (Chretien de Troyes) , de “Pauline en la Playa”  (1983).

Como corolario a un extraordinario, y personalisimo cineasta, nos queda la imposibilidad de hurgar  en su vida personal, absolutamente privada, en su propia historia. Hasta el nombre fue prestado por sus admirados ERIC (Von Stroheim) y Sax ROHMER, el novelista inventor de Fu Manchú.
Incluso su definición política no fue posible ubicarla más allá de una esporádica declaración sobre que él no era de izquierdas. Por cierto que su: “El árbol, el alcalde y la mediateca” (1993), quizás sea uno de los documentos más verosímiles y divertidos, crónica  de la Europa democrática de los noventa. Imprescindible como casi todo su cine.

¿Que espíritu no divaga? / ¿Quién no hace castillos en el are?  (Jean de la Fontaine) de “La buena boda” (1982).

                                           

                                                                                                                                                 
                                  

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