miércoles, 30 de noviembre de 2016
ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (78)
ESTREÑIMIENTO PERTINAZ.-
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sábado, 26 de noviembre de 2016
EN EL OTOÑO.... PELÍCULAS.-
lunes, 21 de noviembre de 2016
JAPÓN. CRÓNICAS DE UN VIAJERO ENAJENADO.- (2)

Y con ellas el placer de descubrir lo inesperado, siempre que este descubrimiento resulte agradable, una de las motivaciones de cualquier viaje. Aquello que figura en la hoja de ruta, los obligatorios ¡OH! ante las maravillas previstas, rara vez te ocasionan otra sensación diferente a la del deber cumplido.
Sin embargo ciertas cosas, incluso aparente pequeñeces fuera de carta, te resultan tan gratificantes como el hallazgo de piedras mas o menos preciosas, pero siempre que estén descatalogadas.
Una sensación positiva que, en este caso no termina hasta que inicias la vuelta a casa.
Conste que he visto turistas, varios, con una hoja de ruta desplegable en
la que figuraban “todos” los monumentos que debían visitar, y un cuadradito al
margen para ir marcando su asistencia .y, uno que es curioso e impertinente, no
ha podido evitar el comprobar que todos-suelen ir en grupo- habían colocado ya
la X en casi todos sus objetivos. Profesionalidad nipona y no el diletantismo
del no se si, o del hoy va a ser que no.

Tanta reverencia y el sentarse en el suelo en la posición de loto, sobre las piernas cruzadas, algo incomodísimo para los profanos, sin duda tiene mucho que ver con las patologías lumbares.
Los comparo con las observadas en los países árabes donde, a pesar de estar sobre el suelo, lo hacen en posición semi o descaradamente yacentes, como en las escenas de patricios en la Roma imperial.
Obviamente no he podido adaptarme a mantener la cintura más allá de los noventa grados de flexión.
Cosa bien diferente del uso de palillos, esa amenaza pavorosa que se cierne cuando entras en algún comedor oriental y temes quedarte sin poder cumplir con la misión que llevas, cuando no el verte obligado a solicitar vergonzosamente un tenedor “fork” a la geisha de turno, y es que todas te lo parecen, esa dedicación a la amabilidad y a la sonrisa, a hacer sentir bien a los demás, aunque sean clientes.

La mayoría de las veces sin embargo,
se presentan con contorno rectangular, gruesos, de madera vista, y son
realmente amables para el comensal inexperto, quien puede atreverse con ellos a
pinzar, cortar, separar bocados e ingerirlos, sin necesidad de – horror-
introducirlos en la boca, además en este último caso de aparentar su esencia de
instrumento de un solo uso, que ofrece cierto apaciguamiento a la inevitable e
infundada sospecha que te embarga en lugares desconocidos.
Aunque reconozco que la sopa, la dichosa sopa, el miso no los necesita, pero la subyacente en los ramen, los udon, los inevitables fideos, termina originando un chorrito oscilante e incontrolable en cada bocado, y raro resulta el que tu camisa no resulte duramente afectada en el mientras. Dras hubo que llegué a hacer lo que resulta familiar por idénticas razones, en los italianos ante los espaguetis, la servilleta a modo de babero que, aunque resulte llamativa, llega a ser imprescindible durante el aprendizaje. Además el temor a llamar la atención lo pierdes enseguida, cuando compruebas que la llamas pero no viene.
Aunque reconozco que la sopa, la dichosa sopa, el miso no los necesita, pero la subyacente en los ramen, los udon, los inevitables fideos, termina originando un chorrito oscilante e incontrolable en cada bocado, y raro resulta el que tu camisa no resulte duramente afectada en el mientras. Dras hubo que llegué a hacer lo que resulta familiar por idénticas razones, en los italianos ante los espaguetis, la servilleta a modo de babero que, aunque resulte llamativa, llega a ser imprescindible durante el aprendizaje. Además el temor a llamar la atención lo pierdes enseguida, cuando compruebas que la llamas pero no viene.

Aprendes a comer sentado en el tatami, que no tiene nada que ver con el
tataki de los bares españoles, es otra cosa,
a cocinarte tu propia comida en planchas y en esos estupendos
recipientes donde hierves o fríes, según, la increíble carne de ternera de
Hida, demasiado parecida en textura, incluso sabor, a nuestro excelso gorrino
de bellota, o incluso la guarnición de verduras, en el punto invisible ese
donde la comida cruda se transforma en sofisticado y exquisito bocado, solo o
acompañado de la salsa correcta elegida obviamente por el azar del
desconocimiento, entre la media docena de ellas a tu alcance.
Los fritos, el rebozado de tempura son un acierto seguro, aun teniendo la
impresión, la sospecha maledicente de que te estén sirviendo algo precocinado,
propio de lugares de comida rápida. Incluso rapidísima en mi experiencia, es
uno de los platos que voy a echar de menos, con esa mezcla juiciosa entre
verduras y pescado, marisco crujiente y dulce, y sin una gota de grasa, junto
al platillo de encurtidos que los palillos intercalan con la fritura. Aquí debo
honrar comparativamente la cocina malagueña y gaditana que tanto en común y en
calidad tienen con los restaurantes de
tempura japoneses. Con su vaso de shake, la cena perfecta.

Y también aprendes, asocias y compruebas que el mejor pastel de Lisboa, el “de nata” que te espera calentito con su canela recién molida junto al muelle de Alcántara, lo han importado de allí los marinos del país vecino, hace un par de siglos, como tantas otras cosas. Aunque si escucho a los portugueses, resulta que fue justo al revés, ya que ellos introdujeron sus dulces, su cocina…Y como los tengo más cerca, no me importa cambiar de opinión si es menester y aceptar su versión, por aquello de adoptar actitudes saludables.
En todo caso, influencias ultramarinas que nos enriquecen con sus mezclas
de especias, guisos, y por tanto de sabores.
Mestizaje afortunado que te hace
recordar la frase aquella del viajar como antídoto contra la xenofobia y… los
nacionalismos.

Curioso, y divertido, el que te pregunten si lo quieres frio o caliente y la probabilidad incierta de que atiendan tus deseos, el hot y el cold les debe sonar similar, y el shake está tan rico que al final su temperatura azarosa me sirvió para hacer risas. Si hace calor lo tomas frio y sediento, algo peligroso, y si hace frio lo tomas caliente, realmente muy caliente, y sientes la sensación de que el primer trago lleva instantáneamente el alcohol a tu cerebro. Me rio yo de los escritores drogatas de la generación perdida, con lo fácil que es colocarse con un simple carajillo en este mundo nuestro, sin necesidad de jugarse la vida para ello.
Filmografía y bibliografía esenciales para enfrentarse a la comida japonesa:
-How to cook your life o “Encuentra
el nirvana en la cocina” 2007 Doris Dorrie
-Jiro, dreams of sushi 2011 David Gelb.
-El Gourmet solitario Jiro Taniguchi
(Realmente fuera de carta. Imprescindible).
------------------------------------------------------------------------------------------------------------El Gourmet solitario Jiro Taniguchi
(Realmente fuera de carta. Imprescindible).
miércoles, 16 de noviembre de 2016
ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (77)
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domingo, 13 de noviembre de 2016
HIKAWA MARU.- El venerable paquebote.

Dicen que lo más doloroso de recordar es
aquello que se ha perdido. Y seguramente dicen bien, sin
tener en cuenta otro aforismo que insiste en que hay
excepciones que confirman reglas.
No encuentro otra razón aparte de su excepcionalidad, que justifique mi
flechazo inesperado ante el Hikawa Maru, este amor a primera vista desde
alguien de tierra adentro, alguien para el cual el mar, y sus barcos, deberían
ser exclusivamente personajes irreales y ficticios, al pertenecer a ese mundo
de fantasía propio de las lecturas infantiles, la saga de Emilio Salgari y sus
piratas malayos, y otras historias leídas y releídas en el inicio perpetuo de
la madurez, eso que llamamos adolescencia, el ballenero de Moby Dick, o el
vapor que sube y baja el Rio Congo, descubriéndonos el horror que se esconde en
el corazón de las tinieblas.

Por eso su sorpresa ante la aparición en un muelle de Yokohama, tras cruzar
el parque Yamashita, en el lado opuesto a donde instintivamente se dirige la
mirada, el skyline, el perfil futurista horizontal de una urbe moderna, donde
la arquitectura se convierte en un síntoma del progreso.
Allí, varado en un muelle propio, amarrado con cadenas de tamaño ciclópeo
estaba, esperándome sin duda, el Hikawa Maru.
Difícil describir este bellísimo barco
, « La Reina del Pacífico Norte », para alguien que lo más cerca que ha
estado de uno, ha sido ante aquellos que con la navaja, recortaba y esculpía
desde la corteza del pino, y que tan desastrosamente imitaban a los
destructores y portaaviones que aparecían en los tebeos de « Hazañas
Bélicas » dibujados por Boixcar.
Quizás fuese la inesperada confirmación de que ese mundo marino, fingido
hasta entonces, había existido realmente, y aparecía ante mí como el ángel con
la espada flamígera, diciéndome : « Lo creas o no, esto es lo que
hay ».
Como un niño, deslumbrado ante la popa encadenada, y su nombre y apellido
« Yokohama » fantásticos, recorriendo el muelle de popa a proa y de
proa a popa, ante el modelo que tantas veces habría sin duda inspirado a los
dibujantes de los héroes infantiles, desde Roberto Alcázar hasta Tintín,
pasando por los detectives Blake y Mortimer, y comprobando que él estaba allí, mirándome
y dejándose acariciar agradecido, como el perro abandonado que busca dueño a
quien servir.
Supongo que la emoción suscitada por una obra maestra suele ser individual
y por tanto indescriptible, algo sentimental considerando además su historial
de superviviente de rutas transoceánicas de nunca jamás.
Leo al pie de su costado, el cartel que intenta algo tan absurdo como
intentar compendiar en tres o cuatro líneas, fechas, lugar de nacimiento,
carrera e incluso, alguna anécdota estúpida, de esas que se colocan para llamar
la atención de los pusilánimes, como que Charlie Chaplin o la familia imperial
habían sido pasajeros habituales.

Barco de pasaje y de carga, 350 viajes entre Yokohama u Osaka, y Seattle,
centenares de miles de pasajeros, y solo en sus comienzos.
Barco hospital durante la segunda guerra mundial, después barco escoba para
recoger, decenas de miles de soldados, los restos del ejército imperial, para
reiniciar en la postguerra sus singladuras comerciales, hasta el advenimiento
imparable de la aviación civil. Más tarde hotel y restaurante, albergue
juvenil, bar de copas y ahora museo flotante.
Hoy, declarado Propiedad de Interés Histórico o algo así, permanece anclado
en el puerto que lo vio nacer hace casi un siglo, después de haber sido útil
para salvar miles de vidas y de haber dado satisfacción, y arruinado a
sucesivos propietarios, a los que ha sobrevivido para hablarnos sobre el
pathos, el destino , y el romanticismo aventurero que seguimos atribuyendo a
los hombres del mar.
Acepté como algo inevitable la imposibilidad de visitarlo por dentro, al
ser un museo de temporada estival. El haber descubierto, más tarde, que le han
retirado las hélices, supongo que para convertirlo en un barco que no pueda
escapar a través de la niebla, me pareció una crueldad injustificable.
Siento no disponer de otra vida, para regresar y recorrer su cubierta y
asomarme al mar desde ella, aunque supongo que no dejaría de ser doloroso, al
ser consciente de que La reina del Pacifico Norte, es solamente un animal que
ha sido castrado y disecado, aunque siga presumiendo de hermosura intemporal.
Espero que esta buena gente siga considerándola, al menos, como algo más
que un pecio flotante.
Sic transit gloria mundi, dicen.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
JAPÓN. CRÓNICAS DE UN VIAJERO ENAJENADO.- (1)

Cuando subes una colina solo puede suceder
una cosa nada insólita, y es que al descender por el lado contrario vuelvas a
encontrarte en el nivel del terreno donde comenzaste, el tuyo propio.
El afán del viajero, ahora que puede
desplazarse a cualquier lugar del globo con relativa facilidad, queda en
entredicho al constatar que a partir de una determinada distancia de tu casa,
solo puedes volver a acercarte a ella. Quizás sea ese límite, por el este y el
oeste, por el norte y por el sur, el que te prueba lo insignificante de tu
ambición de viajero, por muy lejano que pretendas tu destino. Japón en este
caso.
Un lugar tan diferente que, inmediatamente,
debes olvidar cualquier intento de
compararlo con tu entorno cultural o humano. Hasta el paisaje, teñido del verde
interminable de los arces, del discretamente más oscuro del gingco, de los
cambiantes tonos pastel de los campos de arroz, junto al rumor perenne del agua
corriendo a tu lado, arroyos , a veces torrenciales, atravesando ciudades,
jardines y cualquier templo que se precie, con sus barbos multicolores
diciéndote en sus silentes bocazas que no eres más que un guiri, un gaijin
extraño y siempre bienvenido. Inevitable la añoranza del agua, y su ominosa
ausencia en tu tierra, donde tienes que ascender ochocientos o mil kilómetros
hacia el norte, para poder comprobar lo agradable que resulta su
proximidad –la vida- acariciando la
tierra , alimentándola.

Son muy religiosos, o al menos lo aparentan,
y tanto budistas como sintoístas me muestran unos ritos harto familiares,
bastante cercanos a los practicados desde mi infancia, el agua bendita a la
entrada del templo- ellos la beben, además- y su circunloquio bastante más
sofisticado que el hacer con ella en los dedos el signo de la cruz. El incienso
aromático y purificador al albedrío del feligrés que aporta su cartucho, y lo
enciende en la vasija comunitaria, las bujías , pequeñas velas que recoges del
estante, previa limosna, y enciendes junto a la hornacina, del santo de tu
devoción.
Quizás
esta sea la primera gran diferencia, aparte de la ausencia de injerencias por
parte de un clero invisible, el que las figuras de las divinidades sean
discretamente antropomorfas, pero sin rostros precisos o diferenciados, tan
solo las que representan animales, enviados celestes, muestran el detalle y el
diseño del artista que las ha forjado, garzas, monos y zorros, rodeados por
ciervos auténticos, te acompañan con insistencia a lo largo de tus visitas. Las
procesiones festivas, los matsuris en los que las carrozas, y los tronos
ostentosos, con decenas de costaleros, te hacen sentir aquello del principio,
que has dado la vuelta al planeta para volver a encontrar algo idéntico a lo
que dejaste en casa. Tan solo echo de menos algo, en este revival politeista, las monjitas. No tienen.
Más de lo mismo en la calle, estatura similar
a la nuestra, casi nuestro color, al
menos el de los que somos del sur, y un
pelo liso, oscuro y resistente, hasta el punto de que el exotismo de mi calva
fuese motivo de hilarante diversión para adolescentes, en alguna ocasión, No
habían visto nunca un calvo.

Hay algo que me sorprende y extraña, la
presencia frecuente de ancianos, la mayoría mujeres, deambulando con la columna
curvada y rígida, una anquilopoyesis feroz que
convierte la verticalidad de la columna espinal en un recuerdo lejano.
Prosiguen su camino con la mayor naturalidad, cargados con bolsas, o empujando
el carrito de la compra o el propio de su oficio. Y ahí es cuando aterrizo,
cuando extrapolo a los octogenarios y nonagenarios europeos, a los que no suelo
ver en la calle, porque no trabajan con esas edades y menos con esas
limitaciones físicas. Supongo que en Japón trabajan hasta el fin de sus días,
que no existe la jubilación tal como la entendemos, y que ese destino siempre
será mejor que el de convertirse en comida como en Soylent Green, la peli donde
Edgar G. Robinson se despedía de todos, en el cine y en la vida. Inevitable la
imposibilidad de establecer cualquier tipo de comparación, tan solo asumir la
diferencia.

Y hablando de Edgar G. Robinson, la victima
infinita de “La mujer del cuadro” aquel Fritz Lang recién aterrizado en
Hollywood, he podido ver durante el interminable y mortificante vuelo de ida
–el de vuelta fue peor, al carecer del factor sorpresa o novedad- la estupenda
película “Trumbo”, donde descubro una faceta desconocida de este actor, la de
comunista relapso, la de mecenas de la progresía y a la vez la de traidor en el
infierno. “Usted puede seguir escribiendo y firmar con otro nombre” –le espeta
a Dalton Trumbo, que había ganado el Óscar con “Vacaciones en Roma”, usando un
hombre de paja- “Usted puede hacerlo, pero yo solo tengo esta cara, este
rostro, y si dejo de actuar, dejaré de
comer”.
O algo así, que me descoloca la historia, puesto que siempre creí que
fue Elia Kazan el único en delatar todo lo delatable. Parece ser que también
Robinson, y que John Wayne estaban en el lado de los malos en la vida real,
mientras que Kirk Douglas iba de héroe, por aquello de que era Espartaco. Muy
bien la peli, estupendo personaje el de Trumbo, a pesar del maniqueísmo
habitual, y de la cargante presencia de Helen Mirren, que también sale en “Eye
in the sky”, infumable película bélica, de las guerras de ahora, y en
“Hitchcock” , donde ya la tuve que apagar, menudo tostón.
Comprendo que están
en la cresta, pero media docena de películas al año no benefician a ningún
actor, por muy bueno que sea. Al final parece que estas viendo una película
española, donde los actores suelen interpretarse a si mismos, salvo rarísimas
excepciones.

Ciertos viajes como este me recuerdan a las
motocicletas. Cuando ya tienes dinero para comprarla, la “Electra Glide”
resulta que ya no tienes edad para disfrutarla. Ahora sucede lo mismo. Dispones
del dinero para pasearte unos días por uno de los países más ricos, y caros,
del mundo, pero adicionalmente necesitas una energía y un entrenamiento que ya
está bastante lejos del que disfrutabas a los veinte años, cuando levantarte al
amanecer, las cinco de la mañana en Tokyo, y patear la ciudad a lo largo de
catorce horas te hubiese servido exclusivamente para lamentarte de que la
jornada hubiese sido tan corta. Ahora descubres que la mochila es un invento
genial e imprescindible si quieres disponer de libertad en los dos brazos, y
descubres que aunque la batería se te agota en las primeras horas de la tarde,
una vez recargada te dura cada día un rato más, entrenamiento físico que hace
despreciable el gimnasio, cuando puedes mover las piernas y el corazón durante
etapas que habrías considerado insalvables, quince días atrás. Aún así, la
querencia de la hora de cenar y el agotamiento que conduce a la cama
inconscientemente, te hacen añorar esa edad en la que los limites físicos
quedarían conjurados sobradamente por el deseo, por las ganas de seguir
adelante. Supongo que no se puede tener todo. Y no me quejo.

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