LA FÁBULA DEL NIÑO FORTUNATO.-
Las Candelas y San Blas marcan el tiempo del esperado cambio
en el calendario, cuando la música, y los almendros, renacen. Tiempo de volver
a escuchar el acordeón de Fortunato. Atrás quedaron las oscuridades frioleras de
San Antón y de los Santos Mártires. El fuego de las matanzas y el de la (lu) minaria
en la plaza del pueblo. Las abuelas abren los tarros de la miel y de las
almendras, y el júbilo se insinúa ante la inminente llegada de ella, la prima
Vera. Fortunato está impaciente por volver a animar el pasacalle, las jiras
donde se disfrutarán los dulces, y poner fondo musical a las fiestas,
especialmente después de haber conseguido incorporar a su magro repertorio, el
fox-trot sobre el que lleva trabajando todo el invierno. Es el tiempo de.
La fábula del niño, o ángel que acarrea en su cubo, agua desde
el mar hacia su charco playero, el que pretende vaciar el océano con su
limitada rutina, siempre me ha parecido necesitada de una segunda lectura. En
la primera queda patente la estupidez, indultada por la inexperiencia, de quien
intenta algo imposible. Y sin embargo el aguador impenitente nos está dando una
lección maravillosa, realizando algo, lo único, que está su alcance, con los
medios mínimos de que dispone. Reconociendo además el placer de quien se limita
a moverse en un terreno conocido, sobre el que ejerce cierta propiedad y también
el efecto beneficioso, la probable crecida de endorfinas, en su persona. La
infinitud del mar no le va a negar, no podría hacerlo, la satisfacción de ver
crecer, aunque sea durante un tiempo insignificante, “su” charco.
Viene esto a colación sobre la diferencia entre escuchar
una, o diez, canciones, y el estar sometido al nuevo hilo musical de los
servidores en línea, del easy listening de los fondos interminables que por un
módico óbolo mensual te permiten escoger una entre millones, algo que requiere
un conocimiento previo del tema y el autor, cada vez más difícil ante la oferta
ilimitada, a la vez que el ímprobo esfuerzo de tener que elegir una a una, lo
convierte en elemento disuasorio, limitándonos a elegir uno, entre varios
canales cuyas notas fluirán incansablemente sobre nuestros oídos, stream o
corrientes de sonidos, para continuar oyendo ininterrumpidamente sin escuchar
nada en absoluto. Esto ya estaba inventado hace medio siglo, y las compañías telefónicas
lo incluían en su línea de voz. Nada nuevo.
Solo que, a la desaparición del disco grande, del LP, por
mas que ahora lo llamen vinilo y algunos pretendan resaltar su carácter de
exclusivo al demostrar la capacidad de malgastar su dinero, siguió la del
cassette, el hermano pequeño minusválido que cuando puedo conseguir un sonido
comparable al primogénito, con los dolby, y las cintas de cromo, fue anulado
completamente por el compact disc, el CD, que supongo tiene los días contados,
debido al maremoto digital, y sobre el que estamos intentando componer une elegía
año tras año, modesta e insistente, encontrándonos ahora concretamente con su
edición anual número diecisiete. Y no me
digáis que esa edad no os sugiere nada, porque de eso trata la música también,
de sugerir recuerdos, de buscar entre los medicamentos del alma ese al que
llaman nostalgia, cuidando de no confundirnos con el de la melancolía –preciosa
canción- que suele estar al lado, en el cajón de las medicinas.
Y es que esos formatos perdidos, o a punto de hacerlo, tenían
una virtud digna de reconocimiento, su limitación en cuanto a cantidad, los
diez o doce títulos que encerraba cada unidad, permitían escucharlos una y otra
vez, con la única alternativa de poder cambiar a la cara B para disfrutarlos y
de alguna manera, memorizarlos en la sección de tarareables que uno atesora en
su cabeza, imprescindibles para cuando el oído, por agotamiento, se niegue a
suministrar novedades.
Esa limitación era su virtud, y los ahora non stop lounge
music, los spotify, las innumerables emisoras digitales online, a pesar de la
excelente música que suministran, solo son el agua del mar infinito, la que se
escapa de nuestras manos sin llegar a poseerla, mientras que aquella que
recogimos en el pequeño cubo de plástico
azul, nos permite seguir disfrutando con ella, contemplando el sedimento
arenoso del fondo, algún fragmento de alga, y quien sabe si algún pececillo o
caracolillo que se convertirán en el evanescente tesoro de su orgulloso
propietario.
Somos conscientes de que es el fin de una época, también el
dueño del cubo resultó evanescente, de que, como anunciaba Berlanga a los
turistas japoneses que pagaban por ver a los marqueses de Leguineche, estaban
contemplando “El fin de una saga” que había degenerado hasta merecer el
exterminio.
No es el caso, ni los merecimientos, pero si la constatación
de que el CD, que hasta en el nombre conserva el termino de disco, ya solo se
escucha en los automóviles, en trayectos cotidianos y aburridos, cuando la
información deportiva o la propaganda institucional deja unos minutos para
hacerlo.
De todos modos ahí quedan, dentro de sus estuches, cerca de
quinientas canciones que, a buen seguro, a más de cuatro, recordarán el oro que
hubo en las minas de Las Médulas, y los
agujeros que los romanos dejaron en el terreno para deleite de los turistas
soñadores. Al fin y al cabo es de lo que se trata, de soñar, sin necesidad de
peligrosos estupefacientes, y retrotraernos al tiempo aquel de Fortunato y su
acordeón.
Conste que este se me ha aparecido, durante una siesta,
demasiado tarde. Ya cerrada la edición del 2017, dejándome una pepita dorada y
brillante para el 18. Es un filón inagotable, y no entiendo como los romanos
consiguieron dejar exhausto el subsuelo leonés, ni como nos hemos tragado esa
mentira histórica de que se haya terminado el metal precioso.
Fortunato ha sido censurado no hace mucho, al aparecer en
una crónica de este condado imaginario, su personaje sin nombre, no vaya a ser
que sea políticamente incorrecto nombrar a alguien que solo intentaba llevar la
alegría a aquel lugar donde la estuviesen esperando, que no en todos los sitios
la música hace bailar, feliz, a las gentes. Es necesaria una cierta
predisposición para que al introducir el CD en la ranura, fructifique el
mensaje que lleva, encriptado para muchos.
Fortunato perdió su acordeón, y con el su fortuna, durante
una caminata para tocar en las fiestas del pueblo de al lado, debido a una
tormenta con tremendo granizo que deshizo en segundos los cartones del fuelle
de aquel precioso instrumento, extinto desde aquel día fatal.
La censura me ataca inquisitorialmente también, todos los
años, cuando intento incluir Los Pajaritos de Maria Jesús –y su acordeón- o cualquiera de las joyas -falsas- del autor
de la “Barbacoa”, el innombrable Georgie Dann. Uno es temeroso y después de ver
a los inquisidores trabajando en “El Silencio” de Scorsese, vuelve a adaptarse
a las consignas del PC (Políticamente Correcto) y limitarse a desear cosas que
jamás podrá conseguir. Y es que la vida sin deseo, no es vida.
Afortunadamente conocí, y traté con Fortunato, tiempo
después de su momento aciago, y me pareció un hombre entrañable, con
inquietudes artísticas hasta en su faceta de hortelano. Estaba especializado en
cultivar cactus, más o menos exóticos, y orgulloso de poder distribuirlos entre
las floristerías de la capital. No recuerdo haber hablado de los pasodobles escuchados,
provenientes de su acordeón, pero de alguna manera prometo hacerle justicia en
discos venideros. Al igual que hice con sus sucesores, cuando la moda de los
supergrupos se hizo viral ¡Jé! viral y Los Pedrones amenizaron las fiestas
desde sus saxos –el agua no puede destruirlos- y la enormidad de sus conjuntos,
de dos y en ocasiones hasta de tres músicos. De allí a los Beatles, solo hubo
un pequeño paso para el hombre, pero uno grande para la humanidad. Ya sabéis.