Ilustres pensadores se atreven a
afirmar:
Lo del “cambio climático” es
tan falso como la llegada del hombre a la Luna.
Y cuando queramos aceptar lo contrario,
es decir la realidad, tendremos que refugiarnos en la fantasía de
los mundos apocalípticos, de la supervivencia en medios hostiles
esbozados en películas de ese género tan desacreditado donde
pululan los simios en su planeta o los Mad Max en esos desiertos cada
vez más cercanos. Cualquier ficción miserable nos va resultar más
familiar y creible que las estúpidas afirmaciones de los
negacionistas de todo. Hasta los zombis nos van a resultar amigos
para siempre, nunca mejor dicho.
Que ya es tarde, muy tarde, para
enmendar ciertos errores, parece evidente cuando mayo no marcea,
cuando el sayo lo hemos quemado en marzo – lo de dar el abrigo a
los pobres pertenece, también, a la leyenda- y cuando el ferragosto
acontece a primeros de junio, por más que el buscador de Google
insista en otra fecha, el caos está aquí, y parece que es para
quedarse.
Los verdes, los ecologistas,
exceptuados los profesionales de la cosa que se mueven por otros
intereses, lo llevan avisando, y demostrando, desde hace décadas,
mientras seguimos confundiéndolos con siglas, con partidos políticos
que, nos prometen arreglar el mundo, la humanidad, o el más allá, a
cambio de la consabida, y gratuita, papeleta. Mal vamos.
La responsabilidad personal sobre los
daños colectivos, algunos a perpetuidad, no podemos seguir
ignorándola, y mucho menos delegarla en un tercero. Las
consecuencias, cuando se han vuelto irreversibles, como lo es el
transcurso del tiempo, no dejan lugar ni para las lamentaciones.
Aceptado pues que el calentamiento, los
plásticos de la basura y el envenenamiento de la tierra serán algo
inevitable según parece, dada su ausencia en los programas
electorales de las últimas y variadas elecciones, de todos los
innumerables partidos, donde sigue primando el anatema sobre el
presunto contrario, o las motivaciones eternamente “dignas” como:
libertad (¿Para qué?, dijo Lenin, según dicen que dijo, una vez
conseguido el poder), independencia (Vivan las caenas, por aquí, en
la victoria contra la pérfida ilustración), o los fastuosos
estandartes del SPQR cuya traducción en nuestros lares no es otra
que: Por Dios, por la Patria, y el Rey, en previsión de la siguiente
guerra carlista, ¿La quinta?, en ese constitucionalismo con anteojos
que nos impide ver hasta de que Constitución estamos hablando. La
anterior ¿fue derogada o simplemente ignorada?.
En fin que hay asuntos mucho más
interesantes, para el interés personal de algunos muchos, que la
catástrofe medioambiental cuyo lugar está donde debe estar, en los
documentales televisivos de esos canales que a todos nos gustaría
que nos gustasen, como dice Simpson padre, sin desdeñar su presencia
en exitosas series de pago como Chernobyl, donde queda en manos de
guionistas y actores, todos excelentes en su ficción, la homilía
con la que el predicador de Moby Dick alertaba a los insensatos
cazadores de ballenas sobre las consecuencias de desafiar la
divinidad, del mar, de la naturaleza. No solo no hemos aprendido
nada, es que ni tan siquiera hemos escuchado su lección, que de
hecho fue suprimida en la copia española, por aquello de que el
predicador no pertenecía a la religión verdadera. Anatema, ya digo.
Derrotado y desarmado el medioambiente,
la ceguera colectiva ha conseguido sus últimos objetivos. Nada que
objetar, ni nadie en condiciones de hacerlo.
Y es solo una de tantas amenazas que ya
no lo son, al convertirse en realidades.
Existen otras menores, que no deben
desdeñarse tampoco, como:
Que las autoridades (con los
alcaldes a la cabeza) decidieron que las ciudades ya no eran para sus
habitantes, y la cosa va a más y más, a toda velocidad. Las han
convertido en negocio, en decorado, en discoteca, en parque temático,
en estadio para actividades “lúdicas” de una exigua e insaciable
parte de la población, en terreno alquilable al codicioso sector
hostelero, que invade las aceras sin freno y priva de espacio a los
ciudadanos. Echan también de sus casas a los inquilinos, permitiendo
la plaga de los pisos turísticos. Demasiados caseros poco previsores
prefieren una barahúnda de cambiantes grupos etílicos y sin sentido
de la conservación, antes que residentes fijos y cumplidores que
cuidan los pisos como si fueran propios porque es en ellos donde
viven. Digo “poco previsores” porque no creo que esta eclosión
de hordas vaya a durar eternamente. Eso sí, si me equivoco, nuestras
ciudades serán arrasadas y destruidas.
Javier Marias, en una de sus
iterativas reflexiones al respecto. Esta del 19 de mayo, en el
dominical del Pravda local.
Resulta que me he dado una vuelta por
Munich, en busca del contubernio, y aparte de que nadie se acuerda de
aquella esperanza fallida, como tantas, he tenido que invocar al
Marqués de Leguineche, el personaje berlanguiano interpretado por
otro marqués, para que me recordase la época en que enviase a su
hijo al contubernio con su correspondiente bolsa de viaje, al objeto
de conseguir parcela -cacho- de poder en el inminente gobierno post
contubernio, y el como su hijo limitó su viaje a París, donde se
gastó con señoritas el peculio suministrado. Esperpento patrio, no
tan esperpento como pudiese parecer.
Aquí, y ahora, innumerables
funcionarios y dirigentes de cualquier nivel y procedencia, incluso
concejales de mi ciudad, viajan interminablemente a destinos
milmillonarios de ciudadanos, ilusionados en ese nuevo contubernio al
que llamamos turismo. Lo hacen con la intención, gratuita y estéril,
de dirigir el nuevo maná hacia sus respectivos orígenes, para bien
de sus cándidos patrocinadores.
No puedo asegurar que se lo gasten en
señoritas también, o en señoritos, pero si lo absurdo e inútil de
esa inversión, de esos viajes de placer -no creo que sufran mucho en
ellos- sufragados con dinero ajeno, a paises donde sus turbas, masas,
plagas humanas llevan tiempo extendiéndose por todo el urbi et orbe,
sin reparar en gastos ni distancias. Los diez millones de dolares con
patas que habitan Seul o Tokio, o los ventidos de Pekin, no pueden
hacer otra cosa que esparcirse por aquellos lugares que figuran en
las guiás de viaje in illo tempore, sin necesidad de que nuestros
ventajistas de la cosa se apunten a uno o varios banquetes.
Absolutamente inútil, sobre todo cuando estamos en una fase de la
estampida donde su redireccion o encauzamiento parecen harto
conflictivos. Las estampidas es lo que tienen, al menos en la peli
sobre “Regreso a las minas del Rey Salomón” eran pavorosas, aunque
tengamos que volver al cine para ignorar la realidad.
Ya no son solo las ciudades zombis que
enumera Javier Marias: Venecia, Roma, Paris, Madrid, Barcelona,
Lisboa, Praga, etc. Puedo comprobar los indicios de otras ciudades que
pertenecen a la categoría de muertos vivientes en cualquier lugar, y
en como serán arrasadas y destruidas, según
vaticinio del articulista.
Incluyo alguno de esos indicios, para
incrédulos en aquello de la llegada del hombre a la luna, donde
pueden leerse en inglés y en coreano, llamadas de auxilio, de
socorro, de clemencia, de sus victimas de allí. A las de aquí solo
tienen que darnos tiempo.
“SILENCIO POR FAVOR”
“PROHIBIDOS LOS DRONES”
“Mi ciudad no es un museo, Por favor
respeten a las personas que vivimos aquí durante sus visitas o
estancias.
No entren en propiedades privadas.
Depositen sus desechos en las papeleras y mantengan sus voces bajas.
Gracias por su comprensión”.
“Por favor, no deposite sus bolsos,
ropas, o paraguas aquí, Esta es la entrada y salida de las personas
que vivimos en esta casa. No es un lugar de espera. Gracias por su
comprensión”.
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