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jueves, 21 de febrero de 2013

AI WEIWEI . (PARTE 2).-



¿Quién es Ai Weiwei y por qué está diciendo esas cosas tan terribles sobre mí?




Evidentemente es alguien que tiene mucho que decir, y que no para de hacerlo. Ha necesitado media vida para tomar conciencia de ello, y después no ha cesado de transmitir lo que lleva dentro. Y la actividad artística al uso, es solo una pequeña parte de lo que nos intenta transmitir.

 Su estudio de arquitectura, clausurado y demolido por las autoridades chinas, su blog, censurado y cerrado desde hace cuatro años, y  del que podemos contemplar miles de fotografías expuestas en esta muestra, centenares de escritos, post en el lenguaje web, llenos de sabiduría, y su actividad inconmensurable a través de las redes sociales, en las que demuestra que el escultor, el arquitecto, el ceramista, el filósofo, el genio que se convierte en figura del arte moderno, no es, no debe ser más que un proyecto, la sombra de un intelectual que está obligado a intentar convencer al mundo entero de que pueden mejorarse las condiciones en que vive el ser humano. 

 Y lo mejor de todo, de este mesías tocapelotas, es que parece tener los pies en el suelo. Aparenta poseer una humildad bastante alejada de aquella que exigimos a un líder, a un genio, o a cualquiera digno de nuestra devoción. Va a ser cosa de replantearnos, también el redirigir nuestra admiración a personas y a cosas que no nos alejen de nuestro propio nivel, considerando este justo a ras del suelo, ese lugar donde podemos progresar incluso reptando.

Otra de la sugerencias, al menos media docena, que me ofrece con insistente obscenidad – hay de todo – la visita al CAAC, es la repetición en varios de los epigramas enmarcados junto a las obras de Weiwei, de la cesión en préstamo de dichas obras por su legitima propietaria, cierta dama española en esta ocasión, al parecer coleccionista de postín.
Y será porque uno es mal pensado, desde que fue expulsado del paraíso por el asunto de la manzana, o sea de nacimiento, y siempre piensa sobre el origen legal, y moral, de las fortunas que se permiten semejante dispendio. A veces conozco de donde provienen los fondos ilimitados que facilitan a una española, cuya única cualificación es la de consorte, cuando no hija, nieta o biznieta de aquel que acumuló montañas de dinero con subterfugios harto dudosos, por no decir delictivos. Sin ir más lejos, en los tiempos presentes, podríamos enumerar decenas, o centenares, de damas de prosapia y etérea virtud, asociadas, tálamo mediante, con alguno de los centenares de convictos y confesos  ladrones que han robado al país, y siguen en ello, sin otro castigo que el de ser citados anoche por las lenguas de doble filo.

Concretando, que el titular/ara de la propiedad de las joyas expuestas en templos del arte puedan, y sean, beneficiarios/as de, por ejemplo, las comisiones percibidas, de la franquicia de negocios como Fórum filatélico. ¿Ya lo habíais olvidado? De la inversión en preferentes o de la gestión inmobiliaria durante los diez últimos años, incluyendo concesiones administrativas como las de los notarios o registradores de la propiedad, que han bendecido, mediante la recepción del óbolo legal, la ruina de todo un país; que todos ellos se permitan presumir de la generosidad de ofrecer al vulgo el disfrute de sus colecciones de arte, me produce cierta desazón, cierto dilema moral sobre las bondades del arte y la ausencia de honestidad que suele ser la base de la fortuna de sus patrocinadores. 
Puedo estar equivocado,  al insistir en esta pregunta, sin respuesta, la del campesino chino, quien ante su probable inclusión en alguno de los happenings del artista, se atreve a pensar en voz alta. ¿Y quién pone el dinero?
Obviamente es una pregunta que queda diluida, por más que se haya formulado millones de veces, ante la contemplación de los miles de maravillas arquitectónicas de nuestro planeta, y  en menor medida de la obra de artistas plásticos, o multimodales como en el caso de Weiwei. Pregunta que pasa a segundo plano cuando, durante siglos, y decenas de generaciones, sigamos maravillándonos con la obra extraordinaria,  la creación artística que,  indudablemente tuvo detrás un mecenas. 

El dilema moral sigue flotando en mi mente. Si fueron legales, y justos, los orígenes de su financiación, probablemente si también tuvieron un coste para los pueblos que contribuyeron con sus carencias, impuestas por el poder, a la grandeza de esas joyas que tanto llenan de orgullo a la humanidad.  Visto desde la globalidad de la historia universal todavía resulta asumible, por aquello de que lo lejano resulta ajeno, pero  la cercanía resulta tan cruel como la hoja del bisturí, sin anestesia previa, cuando conoces los nombres y apellidos que figuran en los pies de las obras de arte, que de esta manera pierden prestigio súbitamente, y sabes del modo en que el dinero llegó a esas manos para transmutarlos, marginalmente, en mecenas de un artista. 

Supongo que no puedo evitarlo, desde pequeño he intentado descubrir que es lo que había detrás de la pantalla en el cine, y siempre que he conseguido asomarme he encontrado lo mismo, telarañas, basura y ratas. 

Y a veces no conviene cuestionarse tanto ciertas cosas. Al final la rosa es la rosa, como dijo el otro. Limitarnos a contemplarla y a olerla si tenemos la fortuna de compartir su aroma. El resto de consideraciones, como las que se hace interminablemente Weiwei, nos harán indudablemente más sabios pero, dudo que más felices.



Y lo curioso es que todas esas cosas que está diciendo, las está diciendo sobre mí y sobre ti, y el que la censura de su país, o la de los distribuidores de cine en el nuestro, acorten el título hasta el escueto ¿Quién es Ai Weiwei? no conseguirá otra cosa diferente que distraer al que quiera quedarse solo en la superficie, a reducir el interés de la creación artística , de la cultura en general, a la primera impresión que te produce una obra de arte, o a la del pedante enciclopédico que dispone de un nombre nuevo para su colección. Y no es el caso, insisto.

P-D.- La reseña sobre la muestra, mínima, de Agnés Varda, y la tremenda historia del adelantado que murió por abrir la boca, ya os la cuento otro día. No tienen desperdicio.

  
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