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sábado, 2 de febrero de 2013

EL CINE Y OTRAS CHUCHERIAS NECESARIAS PARA EL ALMA.- (2)




        
 Supongo también, que la edad no importa, y aunque importase, estaría en la misma penumbra, en la misma zona borrosa donde los detalles se hacen tan difusos que, el de los años cumplidos por el espectador debutante no resultará significativo.
 A fin de cuentas cuando comenzamos a tener discernimiento de nuestra propia edad, es en ese momento, indefinido también para cada uno, en el que toda la primera infancia queda atrás, en conjunto, en el limbo de un  tiempo escasamente percibido por la consciencia, y por tanto inclasificable cronológicamente. Supongo que tendría yo una edad cercana a la de los sujetos anteriores, probablemente.

Sucede que durante muchos años, la sola mención de la palabra cine, película, fila número siete, o pantalla, ha despertado, y lo sigue haciendo, una imagen, una secuencia inconclusa, o quizás sincopada, entre otros planos olvidados, de un circulo luminoso recorriendo las fachadas, o quizás tejados, de una ciudad. Circulo similar al de una linterna, cuya blanca proyección en las paredes, dirigida por mi mano, ha buscado muchas veces inconscientemente el complemento, la silueta humana que intentaba huir del rayo luminoso, la de un hombre intentando escapar de los proyectores policiales, supongo, y que brevemente mostraba el rostro del sujeto, vuelto hacia el espectador, la mirada dramática del que no puede escapar de un acoso, de una cacería contada desde el punto de vista de la pieza antes de ser abatida.
Este ha sido el leit motiv, el macguffin, durante toda mi vida consciente, la búsqueda del  título de aquella película, hasta ahora desconocido.

Claro que con esos datos cualquiera puede adivinarla, cualquiera que bucee en la enciclopedia del cine, y pueda ver, una por una, las cincuenta o cien mil películas que aparezcan en el listado de la filmoteca de Alejandría, y  encontrar la secuencia en cuestión, encajándola en el hueco fetén que la memoria, sección imágenes confusas, guarda para ella.

He optado, prudentemente,  por dejar pasar el tiempo, con cierta dulzura y algo de pesadumbre, y así permitir azarosamente que el hilo de Ariadna, o el de Obdulia, la acercasen hasta mí.

Era en blanco y negro, los sueños lo son, y las miles de horas transcurridas en la sala oscura, eso que llaman experiencia, me han ido orientando hacia una imagen teatral, un rostro característico de la tragedia, un actor clásico, escena dramática, bajo las luces de la iluminación expresionista. Las luces, los fotógrafos que forjaron el cine de los años cuarenta y cincuenta, la génesis del cine que conocemos.

Buscaba esa secuencia en los centenares de películas del cine negro, americano, francés, e incluso del neorrealismo italiano.
Me pareció encontrar el camino al evocar las escenas nocturnas, y las subterráneas, de “El tercer hombre”, y tuve que verla, volver a hacerlo, un par de veces con detenimiento, para comprobar que no, que allí no estaba y que, sin embargo juraría que…
 No es fácil, no lo ha sido, debido a las limitaciones que hasta hace bien poco, hemos tenido los interesados en asuntos del séptimo arte, a la hora de revisar cualquiera de esos cien mil títulos. A nuestra disposición los doscientos de rigor , los pequeños clásicos de las reposiciones televisivas y la limitada videoteca del vhs casero. Una isla, casi deshabitada en el océano del celuloide.



 
 El actor, por antonomasia, del cine negro expresionista, Peter Lorre, no encajaba en mi sueño, su papel de protagonista perseguido entre las sombras de la noche, “M”, lo hacían candidato, pero su rictus de malvado, perfecto en las ocasiones que así lo requerían, siempre me pareció tan forzado como el de los payasos bajo la pintura, como el de las máscaras del teatro griego que anulan a los actores cuya gesticulación permanece tan inútil como invisible. No era Peter Lorre, no. Debía, debe ser, el rostro de cierto actor con registros faciales suficientes para, en esa breve mirada hacia el espectador, secuestrar su interés, y atraparlo entre el antes y el después de la historia.

Pero la sospecha inicial, la del obeso incipiente, el Welles semioculto tras las esquinas de Viena, me seguía rondando. Aquella imagen soñada podría pertenecer a Carol Reed, a él  o a su fotógrafo.
Y ha sido al conseguir ponerme en pie, bajo el aluvión de películas que la web ha puesto a mi alcance, cuando he visto algo de luz, en el túnel de este suspense que dura ya tanto tiempo. Carol Reed dirigió poco antes que “The third man” o “El tercer hombre”, solo un par de años antes, otra película de ambiente, y escenario similar, con el mismo fotógrafo, Robert Krasker, y con título casi idéntico, “Odd man out”  “El hombre en discordia” que, lógicamente se tituló “Larga es la noche”- para hacer lo de siempre con la marrana-  y con un actor protagonista, James Mason que sí, que bien podría ser el sujeto en cuestión.

 

Y aquí aparecen dos epílogos  que intentan cerrar el proceso investigador.

El primero hace referencia, bien merecida, a James Mason.

Si alguien duda a estas alturas de sus méritos para estar en el olimpo de los sueños, solo tiene que contemplar los primeros cinco minutos de “Lolita”. En ese breve prólogo, tanto Mason como su antagonista Peter Sellers, y el director que inventó la escena, Kubrick, han subido instantáneamente  todos los peldaños que llevan hasta la gloria cinematográfica.  Dos actores, británicos, como los Caine y Laurence Olivier de “La huella”, que vuelven a mostrar la necesidad de reconocer el teatro como fuente imprescindible de ese oficio.

 
 

 El segundo, y termino, es el de tener  ahora, guardada en el disco duro, y en DVD como copia de seguridad, y no al revés,- paradojas de los nuevos tiempos- la película en cuestión “ Odd Man out”, procedente de la edición Blue Ray de “Criterion Collection”. El tenerla en mis manos y el no atreverme a buscar y, seguramente encontrar,  la primera escena cinematográfica que recuerdo haber visto  y que hasta hora, ha permanecido como un misterio gozoso.

¿Qué haríais vosotros? ¿Atreveros a comprobar la certeza de la sospecha, y con ello cerrar el círculo? 

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