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martes, 19 de marzo de 2013

JEAN COCTEAU EN EL "MANUAL DE USO CULTURAL".-




Dios no habría alcanzado nunca al gran público sin ayuda del diablo.
 (Jean Cocteau).



Desconozco la presencia que la literatura en lengua no española pueda tener actualmente en los textos de bachillerato, y concretamente en el tronco, o más bien rama, de ciencias. En el que me tocó en suerte, figuraban autores clásicos extranjeros, incluyendo al final de cada capítulo, en caracteres medianos, en negrita, los escritores vivos, promesas a la espera de que la posteridad, eufemismo del tránsito, les otorgase la correspondiente pátina de genialidad.

Entre ellos estaba un tal Jean Cocteau, del que hubiese sido incapaz de recordar su nombre o cualquiera de sus obras, de no haber sido por el concurso cultural que en aquellas fechas tenia movilizados a los bachilleres de todo el país; y en el que los representantes de mi colegio, alumnos de los últimos cursos, disponían de cierta audiencia radiofónica en la emisora provincial.
Allí escuché a uno de ellos romper en desconsolado llanto al mencionar el locutor el fallecimiento de “Yan Cotó”.  El condiscípulo en cuestión, es hoy Pedro Almodóvar y, entonces para mí, tan extraterrestre como los motivos de su llanto.
 Luego se inspiraría en “La voz humana” monólogo de Cocteau, para su mejor película, digamos la que perdurará en el recuerdo de los espectadores como las florecillas entre la hierba de Woodsworth, “Mujeres al borde de un ataque de nervios”.
Algo después, en la localización del rodaje de “La buena educación”, me impresionó el juicio acerado del manchego sobre aquella ciudad de adolescencia interminable: “Ciudad de mucho pijo y poco vicio”.

Revisando la ingente obra del vanguardista Cocteau, del artista consagrado en sus poemas, películas, obras de teatro, dibujos, escultura, tapices, cerámica, litografías…, reflexiono sobre el indudable valor que su personaje ha tenido, y tiene, en la cultura francesa, y en menor grado en la europea, y lo imprescindible que resultan ambos elementos, los pijos y los vicios en la génesis de figuras como Cocteau.
Semidioses en un olimpo lejano, sección evanescente de la cultura del siglo veinte,  esos autores cuyo compromiso personal termina en la línea de luces que separa el escenario, donde sus criaturas brillaban con cierto merecimiento, y el foyer, el resto de la humanidad, cuyas vicisitudes resultaban ajenas, por innecesarias para el entorno placentero del autor.
El cómo algunos genios consiguen transformar en arte sus excesos, sigue siendo para mí un misterio; pero la insistencia a lo largo de los siglos de dicho fenómeno, corrobora la sospecha sobre la existencia de tal maridaje.

Si bien, como en Orfeo, la necesidad de bajar a los infiernos para rescatar a tu amada,  y el riesgo de perder la vida ante el menor descuido, ante el deseo, que confunde a la razón sobre algo tan elemental como la presencia o ausencia de la luz del sol,  obligan a un contacto intenso con elementos del inframundo que, le aportarían sin duda el toque diabólico al que aspiran tantos artistas.
El caso es que Jean Cocteau llegó a conseguirlo; y no bastan sus orígenes aristocráticos -pijos- o su adicción temprana al opio – vicios-, o sus seis parejas oficiales, tres chicas y otros tantos chicos, para justificar en exclusiva el brillo, aun perceptible, de su teatro o de sus adaptaciones cinematográficas del mito de Orfeo. 
 


Desde este limitado observatorio, y ante la incapacidad de valorar juiciosamente la obra de un autor tan indefinible, no puedo menos que agradecerle el mérito que haya podido tener en acercar dos nombres propios a la panoplia cultural de los españoles de los sesenta.  María Casares, extraordinaria actriz, minusvalorada en su patria por motivos políticos, más que obvios, era la hija de Santiago Casares Quiroga, y sin cuya presencia, el cine y el teatro francés, habría salido bastante perjudicado. Y, last but not least, Jean Marais, la pareja más duradera de Cocteau, y cuyo alter ego en el cine de aventuras de aquellos años, el héroe espadachín por excelencia, para los niños espectadores, nos dejaría el recuerdo de las arrugas de su cara en su cabeza rubia y rectangular.
Gran actor, cuya breve aparición en “Noches blancas” de Visconti, me hizo pensar en que, si no  reconoces al artista en la pantalla es porque ha logrado dar vida propia al personaje.



Cocteau tuvo algunas cosas bastante claras:
“El éxito en el arte es saber hasta dónde se puede ir demasiado lejos”, autodefiniéndose como vanguardista. Y es que, según él: “El futuro no pertenece a nadie. No hay precursores, no existen más que rezagados”.
Si bien era consciente de que “La moda muere joven” y dedicó su vida a demostrar lo contrario.

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