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sábado, 23 de marzo de 2013

La colina del adiós.- (El Pere Lachaise).- (1)




La colina del adiós.- (El Pere Lachaise).-

 

Película de 1955, Henry King, cuyo título original es “Love is a Many-Splendored Thing” o sea “El amor es algo maravilloso” como siempre hemos llamado a la inolvidable canción, motivo principal del filme y tema musical obligado para cualquier cristiano (es decir, humano) nacido después de esa fecha. La versión de los Indios Tabajaras es la que suena  interminablemente en el hilo musical de mi memoria, y no la flash, pendrive o harddisk precisamente, aunque si afirmo que habrá otras doscientas igualmente encomiables e inolvidables, no pecaré de exagerado, en absoluto.
Pero dejad que yo prefiera.. la hoguera. (1).

Es un asunto muy delicado
el de la pena capital,
porque además del condenado,
juega el gusto de cada cual.

Empalamiento, lapidamiento,
inmersión, crucifixión,
desuello, descuartizamiento,
todas son dignas de admiración.

Pero dejadme, ay, que yo prefiera
la hoguera, la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene qué sé yo
que sólo lo tiene la hoguera.
(J. Krahe)



Y no me refiero expresamente a los arreglos de una determinada, entre las doscientas. Mas bien del tercer título (en castellano = gallego) de la película en cuestión, que no es otro que el argentino  “La angustia de un querer”, más explicito respecto a su melodramático contenido y que, dio lugar a un nuevo nombre para un determinado color , concretamente el del qipao de la protagonista , Jennifer Jones, que desde entonces allí se llama así , color “La angustia de un querer” , y que viene a ser algo como un intermedio entre un lila y un celeste, en palabras de quien, como un servidor, no entiende gran cosa de colores (tampoco de eso), y que además se ha convertido en el transcurso del tiempo, y si la tecnología no lo impide en un tono tornasolado que cambia con el paso de los años, si consideramos el efecto del dios Cronos sobre los originales fotografiados por León Shamroy  en el biodegradable Technicolor de nuestra filmoteca y cuya tendencia hacia el pastel, hace irreconocibles , marchitos como los de las flores – quizás era mas violeta que lila, a saber- colores tan inconfundibles como el color la angustia de un querer, ya digo.


Hay un documental sobre el asunto, “Glorious Technicolor” de 1988 de Peter Jones, que además de imprescindible para las ratas de filmoteca, puede resultar instructivo, e incluso divertido, para los interesados en el asunto, obviamente metafísico, como es el del filtro coloreado y cambiante con el que contemplamos nuestros sueños conscientes, es decir los cinematográficos, a los otros que les den. Si bien esta pincelada bibliografiílla  no es otra cosa que un sesgo exagerado, un oximorón sobre el conocimiento intangible que convierte en actitud viciosa, y por tanto pecaminosa, cualquier aproximación al séptimo arte. Que le vamos a hacer.



Y es que no es de cine, ni del exotismo holliwoodiense del Hong Kong de postguerra (de Corea), de lo que quiero hablar. Aunque añoro, e ignoro, el consejo del tío Oscar (Wilde), cuando me repite una y otra vez que escribir es algo tan sencillo como tener algo que decir y decirlo. -No tío, no es tan fácil-.

Pero esta colina del adiós es otra cosa, además. Es la definición mas ajustada que se me ocurre para representar la orografía, y a la vez la función, del cementerio “Pere Lachaise”, un museo al aire libre, donde la llovizna templada, y por ello amable, de una mañana en los estertores del invierno, produce una acción disuasoria sobre la turbamulta, la multitud en que nos convertimos los turistas, y afortunadamente estos quedan/mos reducidos a una docena, dispersos entre centenares de miles de metros cuadrados, de tal modo que llega a resultar reconfortante el contemplar algún ser vivo, aunque sea intuido en la lejanía, a través de la neblina, entre tanta, tantísima tumba.

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