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sábado, 12 de octubre de 2013

DERECHOS TORCIDOS





Anoche me fui a la cama después de haber cenado un puñado de pistachos –mi mano es pequeña, y una vez cerrada, estimo que puede guardar quince o veinte frutos, no más- un yogur y un quinto de cerveza. Bagaje ideal para conciliar un descanso necesario y sin sobresaltos, a priori.

Pero una de las últimas imágenes, entrevista en los escasos segundos que el sueño presta a la tele, antes de apagarla, en el informativo-deformativo nacional, mostraba a un grupo vociferante, rebosando indignación furiosa, mediante rostros que -en plano medio- no aparentaban la menor sospecha de insinceridad, y repitiendo un grito unánime, que continuaba escuchándose incluso después de ser tapado por la voz del locutor. Podían leerse sus labios perfectamente: ¡Libertad! ¡Libertad!.(1)

La estaban pidiendo para los encarcelados por robar miles de millones de los fondos de empleo, de las ayudas sociales para los parados andaluces.
Esta mañana ya estaban en la calle.

Un proceso judicial, político y mediático que, aparentemente está dirigido por los representantes de la justicia, y que como otros similares, extenderá su instrucción durante décadas -lleva camino- permitiendo que se pierdan ciertos documentos claves, que fallezcan algunos testigos imprescindibles, y que cambien los colores de la bandera que ondea en el patio de Monipodio – no el patio mismo, claro está- para seguir avanzando inexorablemente a través de esos senderos torcidos que llevan al insomnio o a la peor de las pesadillas.

Ya, ya se que son solamente presuntos, y que ese adjetivo bien administrado se convierte en un prefijo que los filólogos terminaran por concluir que el sustantivo que acompaña no significa nada. Si los jueces los encarcelan, o la prensa los condena, es sin duda debido a errores de bulto – nadie es perfecto- y solo la sentencia, diferida, diluida, evanescente tras dos o tres lustros de divertidas entregas pre o post electorales, definirá la inocencia o culpabilidad de los encarcelados. Habeas corpus, presunción de inocencia, etc.

Para las víctimas, un país entero, no queda otro consuelo que el de pagar y callar. Deberes colectivos sofocan el incendio de los derechos privados.
Y aquí es donde no consigo cuajar la tortilla con la sartén al revés, asar la manteca, poner en orden las cuatro ideas que me quedan.

Resulta que de los derechos básicos que todo individuo tiene al nacer, aquellos sacrosantos que cualquier estado está obligado a respetar si quiere seguir siendo estado, llamados derechos humanos por unos, o derechos negativos por el malvado =  ultraliberal Ayn Rand - que no te maten, que no te violen, que no te roben- hemos pasado directamente a defender, a exigir directamente, la libertad de los que presuntamente te roban.
El estado, ausente- Como la masa silenciosa, ni está ni se le espera, diría Forges, y el interfecto un servidor, estupefacto.

Los hechos son evidentes, incuestionables, pero como decía algún personaje de Ettore Scola en “La terraza”, obra maestra, perfecto reflejo de esa cumbre intelectual europea que tuvo lugar a fines del siglo pasado, y cuyo descenso se nos está haciendo harto doloroso para piernas tan poco acostumbradas a bajadas tan abruptas. Como decía alguno de ellos: “Los hechos no tienen importancia, no son nada ante el estado de ánimo”

Va a ser eso, y tendré que acostumbrarme a dormir con la placidez de un bebé, sabiendo que el derecho a la libertad, incluso de los ladrones –presuntos- ha sido respetado, y que lo que es mejor-peor, que el exigirlo es algo real por habitual, y al que más me vale ir acostumbrando.

Quizás me excedí con los pistachos, y no debí pasar de la docena. Como Serge Reggíani en la película, que muere por inanición después de suprimir la que iba a ser última cena, dos aceitunas, tres almendras y dos altramuces. Es lo que nos va a quedar en el etéreo platillo de la balanza que nos ha tocado. El de los otros, lleva tiempo pegado al suelo.

P.D.- Ya era un disparate, reconocido por los más acérrimos defensores del estado del bienestar, extender este, el de los derechos positivos, que son universales pero nunca gratuitos, alguien paga por ellos, hasta límites propios de las prestaciones privadas más exclusivas, es decir costosas. Disparate difícil de asimilar y con consecuencias dolorosas a medio plazo.
El dar la vuelta a los primeros, a los divinos, a los negativos, que no te roben, para transformarlos en derechos unilaterales de los que nos roban - y no tienen la exclusiva los hoy felizmente liberados, como es obvio - es el invertir la base,  los fundamentos de la convivencia. Y esto solo puede conducir a una situación indeseada y estúpida. Estúpidos porque estamos viendo como se acerca y no hacemos nada por alejarla.

 

(1). El PAIS 11-X-13:

El TSJA afirmó que el acoso en los juzgados "revela una falta de aceptación de las reglas básicas de un Estado de Derecho".
Para el fiscal general, con lo ocurrido este jueves en Sevilla "se sobrepasaron los límites".

 “Bla,bla,bla,bla”.

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