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sábado, 11 de enero de 2014

SEÑAS DE IDENTIDAD II .- EL ROSCÓN DE REYES.





El haba.-

O la haba, que nunca he tenido claro si es el mar o la mar.





Antecedentes históricos.-

El inicio de la civilización coincide con el del sedentarismo. El hombre ubica su guarida – debió serlo- en lugares fértiles con suficiente caza en la proximidad, por aquello de la proteína – y la grasa- animal. Pero la base de su subsistencia durante los meses de climatología adversa, fue desde el principio el acúmulo de los vegetales en conserva, la semilla madura y seca de los cereales o las leguminosas. Entre ellas estarían las habas.
Aunque todavía hoy se usan a modo de capricho para el gourmet en su estadio inicial, “habas baby”, e incluso sus vainas tiernas, se usan en algunos caldos o como componente imprescindible de ciertos pucheros de temporada, añorados ellos.

No obstante, su aprovechamiento culinario quedó hace tiempo en desuso, al menos como ingrediente habitual, debido a que su consumo excesivo llegaba a producir el favismo, enfermedad parecida al latirismo causado por las gachas de almorta – otra que tal- a más de generar muchos gases, y es que para ese atávico consuelo de las tripas, ya teníamos ingredientes más específicos.

Recuerdo haberlas visto, en su modalidad pétrea – algunas han sacado algún ojo de la orbita, ayudadas por el maligno tirador o tirachinas  – como reserva sólida y antiespiritual en la troje, esperando ser añadida como base fundamental en el pienso de los semovientes que habitaban pared por medio, aunque solo figuraban hasta hace poco en esa zona confusa de la memoria donde son posibles las mayores mistificaciones – de místico – y quizás por ello, no les/las he concedido la menor importancia, durante estos últimos eones.

Permanecía en la memoria también, el recuerdo de su uso apócrifo para los incautos y medievales peregrinos, que al final del camino – ese – compraban el correspondiente cirio para honrar al santo, canjeando su ofrenda por el correspondiente diploma en forma de shell, que es lo que Tony Curtis dibuja en la arena de la playa, para sugerir a Marilyn que es el heredero de, con intenciones de... Yo tampoco voy a ponerlo en castellano por aquello de que su significado en el hemisferio austral puede herir susceptibilidades, aunque fuese realmente en lo que estaba pensando Curtis, y su subconsciente no hizo otra cosa que traicionarlo en la arena. Que fuese después confundido con el logotipo de la petrolera es responsabilidad del ingenioso y malicioso Billy Wilder

Íbamos por el peregrino, perdonad, y este, como digo, entregaba un grueso cirio, comprado a precio de turista –lo que era- como genuina cera de abeja, dificil de diferenciar de aquella en la que el despreciable y apestoso sebo constituía la mayor parte de la vela, e imposible de distinguir de la fraudulenta que acaba de adquirir, en ausencia de radiografía o ecografía , que pusieran de relieve la autentica composición interior, las innumerables habas que, ocultas por la superficie cérea, no serían puestas en evidencia hasta que el fuego purificador consumiese el extremo y el silencioso deslizamiento de la cera derritiéndose se viese interrumpido por el golpeteo de las habas contra el suelo del templo. Obviamente, la proporción entre el precio del haba y el de la cera, era de uno a diez, o quizás a veinte. Lástima que no estuve allí para mejor precisarlo. Pero, en todo caso, ya queda su huella en las crónicas de nuestra incipiente historia como moneda útil para el fraude, a la vez que pone de manifiesto que esto de la estafa, incluso la consentida, no es nada nuevo.



Persistencia consuetudinaria.-

Posteriormente su aparición en las mesas domésticas, quedó restringida de forma testimonial, a la sorpresa contenida dentro del roscón de reyes, que otorgaba a su afortunado adjudicatario el honor de pagar el dulce e incluso la posibilidad de ser agraciado con el augurio del más negro presagio para el año en ciernes. En caso de cenizos y pesimistas compulsivos, ofrecía mucho juego la semillita, dando motivos para que la imaginación – la misma que días antes había estado soñando con el premio gordo de la lotería- se sumergiese en los oscuros meandros de la sinrazón. Magnifica y económica inversión que ahorraba al afortunado la necesidad de adquirir y, lo que es peor, leer novelas de terror.

Así hasta ayer, justo hasta ayer, en que la haba, las habitas – y no Haba Gardner precisamente – siguen apareciendo en el roscón, envueltas en el heraldo transparente de celofán – que tampoco ya lo es, celofán – han dado paso a otra especie nueva, o casi, si excluimos las pipas, las semillas de girasol, ordenadas por millones por Ai Wei Wei,  elaboradas en cerámica primorosa por los artesanos chinos de un pueblo experto en el asunto, y usadas como espectacular carta de presentación en las exposiciones del artista.
No íbamos a ser menos y hemos sustituido la ancestral ligazón que nos unía con nuestro pasado agrícola, y que algunos plantaban en una maceta para contemplar el extraordinario y esperanzador espectáculo con el que su germinación nos anunciaba el final del invierno. La hemos sustituido por un símil, cerámico por supuesto, supuestamente obligados por las normativas sobre higiene alimentaria que prohíben esto y lo otro y, por descontado, la inclusión de una semilla, presencia “orgánica”, que horror, en el interior del suculento bizcocho.

Una u otra, es cosa de guardarla en el bolsillo, y acariciarla de vez en cuando, para recibir los efluvios benéficos, similares a los del ámbar, a quien los supersticiosos, y otros que disfrutamos con el tacto de las piedras semipreciosas – todas lo son- recurrimos para que apacigüen y apacienten nuestras almas, que ahora creo que se llaman karma. Todo es cosa de ponerse al día.


Divagaciones reflexivas.-

Aquí se abren nuevos senderos que me niego a recorrer, si bien miro de soslayo sus primeros tramos, sin desplazarme en absoluto por ellos.

1.- Seguramente somos tan ricos para poder emular a Wei Wei y hacerlo con piezas más grandes, enormes al lado de sus insignificantes pipas de girasol. Y yo no me he enterado, claro.

2.- Seguramente en el asunto este de las normativas, de la legislación exhaustiva sobre los ingredientes legales del papel del fumar somos la pera. Aunque seguimos sin poder comprobar si el jamón es o no es de bellota – prima ella de las habas- aunque lo paguemos al mismo preció del cirio “pata negra”, el de cien por cien cera virgen – lo de virgen era una blasfemia, en aquellos tiempos, como lo de Tony Curtis, pero con la Santa Inquisición al lado- aunque por normativa que no quede, tenemos dieciocho, docena y media de boletines oficiales publicando mensual o incluso semanalmente las prohibiciones, y los indultos, de rigor. Otra vez campeones.

3.- Las cookies, las galletas chinas de la fortuna, en este caso siguen apareciendo en el interior del rosco en forma de muñecos, añorado Murano, snif, bien en plástico rígido, bien en pasta inerte, policarbonato supongo, como imitación de animalitos o figuras relativas a personajes de series televisivas más bien viejunas, por aquello de no –tampoco- pagar royalties a las productoras de siempre. O sea para que lo del respeto a la propiedad intelectual quede como algo intramuros, de donde nunca debió salir, por razones espirituales.
Esas figuritas también, obviamente han dejado de ser atractivas, para el fetichista coleccionista que es uno, que ha reunido media docena de gallinitas en el alfeizar de la chimenea, esperando el gallo que las transformaría en “ponedoras” y que, visto lo visto, este ya nunca  llegará.

4.- Incapaz de callarme, os voy a revelar un misterio. Años y años de práctica me han llevado a intuir, con innegable precisión, los lugares del roscón donde se ocultan las sorpresas, son aquellas depresiones de la superficie que la deducción analítica atribuye correctamente a los puntos con menor masa, la sustituida por las figuritas que, como podeis suponer, no crecen con la cocción. Si bien, sigo sin tener todavía resuelto el asunto fundamental, el lugar donde se oculta ella, la titular de mi destino.

En fin que el haba, que ya es oficialmente artificial y porcelánica, augura, sigue haciéndolo, tiempos nuevos y , como quería contaros desde un principio, y ya habeis supuesto, me ha vuelto a tocar este año.

Aunque  temo que no he sido el único perjudicado. Y no voy a sugerir que consideréis este asunto como metáfora alguna, porque ya se que lo estáis haciendo.
Nos ha tocado a todos.

Si bien el roscón propiamente dicho, la realidad tangible que cubre estas ensoñaciones azarosas, sigue estando riquísimo y, lo que es mejor, continua cubierto por esos trozos de fruta escarchada que mantienen viva la fe en la existencia de ese tiempo verbal imposible, el pretérito pluscuamperfecto.



P.D.-
En aquellos roscones que, por imposiciones de la moda – innecesaria como casi siempre- son  servidos rellenos de nata, vuelve a repetirse curiosamente, idéntico fraude al de los cirios compostelanos. La nata procedente de la leche - ¿De donde si no? – es sustituida  por grasa no láctea, de origen animal, el mismo sebo de los mismos cerdos, solo que ahora, seguramente ni siquiera han sido alimentados con el haba, o la haba, ya digo.

Y el consumidor, el pagano, el sufrido pueblo, tan feliz en su inconsciencia, que al fin y al cabo debe ser lo único que importa, la inconsciencia, no la felicidad cuya consecución suele ser harto molesta, incluso para los que la encuentran.

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