lunes, 26 de diciembre de 2016

JAPÓN. CRÓNICAS DE UN VIAJERO ENAJENADO.- (4)




 
En mi caso, reconozco que el exceso de información ya había sesgado cualquier posibilidad de encontrar el shangri la espiritual mediante un viaje a Oriente.
Ya la historia del yogui con los cuatro Beatles, reclamando este la quinta parte de los beneficios, del cielo en la tierra, a cambio de algún mantra, del karma correcto y la música del sitar, me había puesto sobre aviso de que los paralelismos, y los caminos del señor, son infinitos. Por otra parte, los programas de acogida al viajero en templos de difícil acceso, perdidos en las montañas, eran absolutamente diáfanos sobre como dar  la esperada satisfacción al turista, además de compartir comida y rezos con los monjes, y de ser tratados en todo momento como los componentes paganos (doblemente) de la excursión o extensión del viaje, contratada en la agencia de viajes de cualquier esquina. No tuve necesidad, ni ganas, de comprobarlo.

Pero es que además, llevaba recomendaciones de primera mano, la filmografía de amigas tan alejadas como diferentes, alemana y japonesas, que suelen ser monotemáticas en el fondo, y en los escenarios de sus películas. Visiones desde dentro y  fuera sobre ciertos tópicos  a los que a veces confirman en su fundamento, y en otras, sencillamente los desvanecen.

Doris Dorrie: Busca el zen desde la perspectiva de un europeo. Píldoras budistas con agradables resultados para el espectador.
-Sabiduría garantizada 1999

-Der Fischer und seine Frau 2005

-How to cook your life  o “Encuentra el nirvana en la cocina” 2007

-Cerezos en flor (Hanami) 2008

-Fukushima, mon amour 2016

Naoko Ogigami: Retratos amables sobre gente sencilla. Megane fué el anzuelo que me atrapó en su cine.
-Barber Yoshino 2004

-Kaome shokudo 2006

-Megane 2007

-Toiretto 2010

-Rentaneko 2012

Naomi Kawase: Sintoismo puro, un estado filosófico que envuelve el tiempo hasta el extremo de hacerlo innecesario.
-Moe no suzaku 1997

-Sharasoju 2003

-El bosque del luto 2007

-Nanayomachi 2008

-Hanezu no tsuki 2011

-Aguas tranquilas 2014

-Una pasteleria en Tokio 2015

Solo unas pinceladas sobre el cine y Japón, desde el punto de vista de algunas directoras. Hay otras imprescindibles, como la asistente de Kurosawa y el film biográfico sobre su familia. Necesario también para conocer que sucedió en Japón con los « desafectos » al régimen durante los años treinta y cuarenta. Odiosas e inevitables comparaciones.
Todas ellas son culpables, naturalmente, de incitación al delito, el de viajar para comprobar si ese mundo atisbado a través de la pantalla era real o imaginado por los creadores de sueños. Después de ver esas películas y de encontrar suficientes pistas sobre el terreno que confirmasen su existencia, uno se alegra de ambas cosas, de haber realizado una excursión tan especial, y de haber sufrido la adicción al cine japonés en general y al de estas mujeres extraordinarias.

Supongo que ver esas películas, todas, constituyen un bagaje necesario que convierte en superfluas la media docena de guías de viaje sobre este país que han caído en mis manos. Eso, y el prudente alejamiento de las películas y best sellers norteamericanos. Afortunadamente existe un mundo más allá del sushi, de las geishas, y de los tsunamis, aunque estos también resulten a veces inevitables.

Y es que llegados a este punto, te planteas si tu viaje, sin ceremonias del te (verde) y sin espectáculos de maikos, tiene más relación con el Japón entrevisto en el cine, y pateado durante tres semanas, que con el de los documentales de viajes y las revistas en papel cuché. Difícil dejarse llevar por la superficialidad para un agnóstico que duda hasta de la razón.

Japón tuvo eso que ahora estúpidamente llamamos crisis en los primeros años ochenta, y justo ahora, hace un par de meses, es decir treinta y seis años después, su economía, que no su índice Nikkei, ha recuperado los niveles de entonces. Bucles de la historia, como parte inexorable de ella, cuando llamar a un valle profundo y extenso crisis, se convierte en una estupidez, pero el considerar el tiempo y el esfuerzo que lleva salir de él, no lo es en absoluto. Y vuelve el parangón, inevitable, la nuestra del 2006 ¿Para cuándo ?. Una canción estupenda de Palito Ortega, ¿Para cuándo joven, para cuándo? preguntaba con insistencia harto molesta el padre de la novia al cantante, en referencia diáfana a la fecha de la boda. Y si treinta y seis años parece mucho tiempo de relaciones prematrimoniales, no quiero pensar cuanto llevará la espera para una pareja como la nuestra, en la que el chico aporta la titularidad de una deuda superior a los ingresos de toda su vida, y la novia  ha ido reuniendo para su ajuar una maravillosa colección de pagarés con fecha fijada. Comparaciones odiosas, futuro más oscuro que aquel que me pronosticaba el papelito de la fortuna, y lo peor de todo es que me está distrayendo de Japón, que era el asunto principal.

A veces se hace cuesta arriba hablar bien de un país, donde la pena de muerte está en vigor, absolutamente vigorosa. Cerca de doscientos esperan al dia de hoy, el momento infame en el que unos hombres justos y legales quiten violentamente la vida a otros, mediante ahorcamiento. Como muestra del grado de civilización a que han llegado, no previenen al reo del dia ni de la hora, para evitarle sufrimientos innecesarios. Las ejecuciones se realizan con una media anual cercana a las dos docenas Y es que poner cifras a este asunto como los interminables ceros a la derecha de las víctimas de Hiroshima, de todas la hiroshimas, me parece inhumano. Luego resulta que la seguridad en sus calles es excelente, y que nadie coge nada que no le pertenezca, ni siquiera del suelo, especialmente del suelo, sea un guante sea una cartera. Trae mal karma el encontrarte algo y recogerlo, me decían. Y ahora lo entiendo.

Por otro lado, resulta evidente que la disciplina colectiva, sin rebasar ciertas líneas que para el resto de la humanidad se suponen infranqueables, es la base junto a la cultura, de la prosperidad y otras canonjías a las que deberíamos todos aspirar.
Disciplina que se muestra espectacular  en los niños en general, independientemente de su edad, silenciosos y atentos a lo que les rodea, sin molestar jamás a familiares ni extraños, y sin perder por ello el encanto propio de esos años, y sobre todo en los colegiales desde el parvulario hasta el bachillerato,  gorros de colores que identifican su nivel escolar, uniformes en los que no faltan las carteras de cuero colgadas a la espalda, con el aspecto de la cartera definitiva que nunca tuvimos, el cabás añorado, aquel de la infancia perdida.
Los dogmas disciplinarios aparecen roturados en todo lugar, en el suelo y en las paredes, en los carteles de los parques y lugares públicos, donde no resulta sorprendente encontrarte con innumerables emoticonos que te prohiben fumar mientras caminas – fumar en cualquier lugar que no sea un gheto para fumadores- usar drones, o tocar el culo a las maikos –sic- además de otras prohibiciones secretas por innecesarias como la de arrojar un papel en el suelo, ni en ningún otro sitio, ya que las papeleras no existen, de donde deduces que es  la mejor manera de no encontrar basura en las calles.
Algo agobiante para el viajero temeroso de que el papel publicitario  que le dieron el primer dia, volverá en su bolsillo junto a las cáscaras de las castañas asadas, hasta que en el aeropuerto de origen se reencuentre con ese artilugio imprescindible y maravilloso que es la papelera. 
Pasas malos ratos hasta que vas descubriendo  e interiorizando las claves que te permiten recuperar el confort sin interferir con el suyo.

Para nosotros, el aspecto de la limpieza que allí observamos, tiene tintes de psicopatía paroxística.  Creo que solamente he visto despintada la parte trasera de un pickup que transportaba material de construcción, y oxidadas las cadenas de dos bicicletas en Takayama, bajo lluvias perennes. El resto del espectáculo contemplado durante tres semanas, solo puedo calificarlo de inmaculado. Recorrer el mercado pescadero mayorista de Tsujiki, el mayor del mundo según dicen, veinte minutos después del cierre, y constatar que allí no huele a pescado, ni a mar, ni queda el menor estigma de lo que ha sucedido hace un rato, produce escalofrios. La sensación de que estás dentro de una película y, simplemente, han cambiado de secuencia sin avisarte.

                                            

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