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viernes, 3 de agosto de 2012

LA SAGA FUGA DE J. B.

LECTURAS VERANIEGAS 1.-




Comienza uno con los bolsillos repletos de ese bien tangible y finito al que llamamos tiempo. Con un largo – y forzosamente – cálido verano por delante, y algunas deudas pendientes con el, a punto de retirarse, hábito de leer.
Momento idóneo para ajustar cuentas con esos libros apilados en columnas crecientes que, asemejando torres babélicas,  amenazan con derrumbarse en cualquier momento contagiando su pesimismo a las adyacentes, emulando el efecto dominó, imagen harto fácil para explicar la necesidad que tengo de eliminar trabajo atrasado, comenzando por los tochos más extensos, digamos de quinientas páginas para arriba.
Y ya es un mal comienzo, el estar imbuido por semejante espíritu, confundiendo el deber con el placer, y dejándome llevar por el primero. Pero a veces, casi siempre, hay que conjugar ambos, y al menos queda la esperanza de encontrar la sorpresa benefactora en alguna página aislada del libro más  inesperado.
Lo cierto, y por tanto verdad, es que las periódicas redadas que suelo hacer con fines eugenésicos entre las hileras somnolientas, ya me despejan algo el horizonte, al diezmar esos tomos vírgenes, cuyo destino estaba marcado desde su nacimiento, el cubo de la basura, en versión contenedor de papel, cartón y similares. Gran avance desde que dejé de utilizar el método aconsejado por Vázquez Montalbán, de quemar un libro cada día.
 Esa técnica tan vistosa como telúrica, tan evocadora de las lu-minarias de mi infancia, y de los autos de fe sobre textos pecaminosos, tenia ciertas limitaciones, la supeditación a la temporada invernal y a la chimenea encendida, y sobre todo la sorprendente constatación de que algunos libros son malos, realmente malos, hasta para arder. Sin tener en cuenta  que la nueva religión de no contaminarás la atmósfera con olores, ni dióxido de carbono ajenos, estaba en sus albores cuando el Biscuter le iba acercando a la estufa los tochos malditos.
A pesar de ese despiojo - de los despojos-  pertinaz,  que llevo  a cabo cuando el picor se me vuelve insoportable, arrojando al contenedor amarillo tantas páginas ocultas como pueden sujetar mis brazos, a pesar de ello, ahí siguen las columnas , de alguna de las cuales espero reducir la altura, al menos medio metro, en estos días tan especiales.

Torrente Ballester tiene tal acreditado  prestigio, como humanidad escribiente, además de como escritor de novelas - horror- , que sentía yo cierta curiosidad por comprobar si había algo detrás del autor del guion de los gozos y las sombras, a la que no puedo negar el acierto de su título, cosa que comparte con este  del  J.B., que no se refiere, para nada, al Justini &  Brooks del whisky de marras, sobre el que creí, iluso, que iba a tratar el asunto.
La verdad es que la mayoría de mis autores favoritos, han sido confesos consumidores del licor de la cebada y de otros cereales reminiscentes de la primera infancia, Pla, Faulkner, Benet…, y entiendo la necesidad de ciertos estimulantes para abrir  las puertas de la mente, esas que cierran las perspectivas a algo tan escaso  como  la coherencia en la imaginación, la fantasía desatada en la cabeza de cualquier escritor. Por ello quizás mi error, basado en el desconocimiento de la bebida que haya inspirado a Torrente las seiscientas páginas de desbordado barroquismo encerradas en su saga y fuga.
 No creo que haya sido orujo, del de quemar, ya que por encima de los discretos y homeopáticos tragos, apropiados para hacer digerible el puchero, este licor solo conduce  a la locura más o menos  inmediata o a la perforación de ciertas vísceras sin las cuales el resto del organismos no es nadie. Vísceras que también habrían resultado perjudicadas si la ingestión del licor de hierbas- ausente, por cierto, en el relato gallego donde las reliquias de la santa y las lampreas sirven de hilo conductor para que no se pierda el lector en demasía, solo lo justo y necesario-  hubiese sido la infusión  habitual e imprescindible, para ir mecanografiando los montones de cuartillas que imagino apiladas en infolios descuidados en los que no faltarán  miles de huellas dactilares del autor, necesarias para dar vida a semejante e interminable  historia.
Después del gozo inicial, de la inmersión en ese mundo propio de ciertos genios , donde invitan al lector a adentrarse de la mano del autor, cosa tan antigua que, Dante ya lo puso en practica hace unos mil años, y de los hallazgos sorprendentes e ilimitados, página tras página, sobre esos escenarios  y esos personajes tan extraños y tan alejados en el tiempo y el espacio -supongo que Galícia debe serlo hasta para los gallegos- llegas a ir acomodándote en ese universo en el que no te encuentras tan extraño a fin de cuentas, y sobre el que comienzas a descubrir ciertas semejanzas con el tuyo propio de aquí y de ahora, ya que a poco que reflexiones sobre ese mundo paralelo repleto de situaciones  entre épicas y vulgares, entre históricas e inventadas,  en una ciudad de leyenda, comienzas a descubrir esos hilos pegajosos y húmedos, el de las telarañas en los sótanos, las  que cubren toda esa parafernalia de trastos inservibles y obsoletos, y que te llevan inconscientemente al tiempo real de tus abuelos, y de los abuelos de tus abuelos.
De la pertenencia a una tierra, y a un país, que no ha cambiado lo suficiente en los últimos doscientos años, para que cualquier lector de hoy o de pasado mañana, deje de sentirse en casa, al pisar las calles de la ciudad evanescente que tan extensamente retrata, que todo hay que decirlo, Torrente Ballester.
Metáforas demasiado evidentes para serlo, costumbrismo rococó en la visión delirante, en primera persona, de un personaje amable que nos cuenta los entresijos superficiales de una inexistente ciudad de provincias. El peso de la religión y sobre todo de sus jerarquías, en la vida ,en la economía y la política ciudadana, resulta algo sobradamente visto en las novelas de uno o dos siglos antes, mientras que  la relación entre hombres y mujeres resulta tan esquemática y previsible  como alejada de los modelos habituales para un lector del siglo veintiuno.
Se salvan quizás las casi infinitas –el infinito es siempre casi, o no es infinito- variaciones del personaje que solo consigue escapar de la pesadilla, llevadera gracias al aguardiente invisible, supongo, cuando el autor cierra la última carpeta y pone fecha y lugar al final de su obra.


Ya ese dato, en su relación temporal con los años  finales  del paganismo y del comienzo de lo mismo, años setenta, te explica como entonces, la literatura patria podía expresar ciertas situaciones, más bien rememorar e inventar historias que nunca tuvieron lugar, en las letras. Situaciones ausentes, -como el combustible mental, usado por el escritor-  durante décadas, las suficientes para dejar a una generación pez, absolutamente lamprea, sobre el pasado de sus progenitores. De eso va el siguiente ejercicio para este lector.


(Hoy con la anuencia forzosa de Nabokov, Paul Bowles y James Joyce).








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