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jueves, 23 de agosto de 2012

DESGRACIA.- (COETZE)


Lecturas veraniegas- 4.

Los raros es lo que tienen.

Aquí, vamos entrando en materia. Confieso que es el primer libro que leo del sudafricano, de un sudafricano. Y a pesar de no encontrar boers ni referencias mandelares, es difícil sustraerse al fondo de la acuarela, a las pinceladas que, los que aprendimos a leer mediante obras de teatro, nos resultan tan familiares, Aparecían entre paréntesis, a veces en negrita, antes de cada acto. (Sala de estar de una familia acomodada,  chaise longue de cara al espectador, ocupando el centro del escenario, entre la librería, de escalera móvil, y la chimenea).


La escenografía que pinta el autor es bien diferente, árido y alejado suburbio rural, si ello fuese posible, en el que somos testigos de la transformación  melancólíca de los últimos colonos blancos, iniciada ya en los tiempos de esplendor económico y social basado en el poder omnímodo de unos cuantos invasores sobre un país salvaje e indefenso.
Esa melancolía que va dejando paso al descubrimiento de la debilidad del antiguo colono en un medio absolutamente hostil. Y por tanto la incapacidad de aceptar el esfuerzo prodigioso que supone la transformación del confortable colono en el luchador por la supervivencia frente a un enemigo que ni siquiera es el descendiente directo del indígena primitivo, sino la degeneración, o adaptación al medio, como perros  asilvestrados , de los inadaptados que antaño encontraron el confort suficiente para vivir en la marginalidad y que hace tiempo cruzaron la barrera, esa que no admite la vuelta atrás, del respeto a normas, leyes o convenciones que vayan mas allá de sus instintos mas primitivos.


Pero ese es el paisaje, solamente. El lienzo pintado que han deslizado en el entreacto entre las otras bambalinas, y que, en cierto modo, igual que el lector adivina, mas que recrearse en, su presencia, puede servir para escenas similares de historias superponibles a las de tantos otros personajes idénticos prácticamente en cualquier país del globo. Quizás la época, la suya que es la nuestra, sea la única que no pueda extrapolarse a otras pretéritas, al menos la de ese pasado vivido y conocido que nos ha tocado en suerte.

Una vez superados los dos primeros capítulos, imprescindibles para presentar al sujeto, y que por momentos asemejaban la trampa editorial de caca culo pedo pis, habitual en nuestras librerías, comienzo a darme cuenta de que estoy en una de esas situaciones de trascendente humanidad en las que nos colocan Haneke, o los hermanos Dardenne, en las que nos hacen ver las tremendas fisuras que presenta la sociedad en que nos encontramos, y que ante el desliz mas insignificante nos hacen caer al abismo inimaginable que subyace bajo el asfalto, bajo las aceras de nuestras ciudades.

Nos hace ver el espejismo en que hemos vivido los últimos años y las consecuencias del despertar. La adaptación a la realidad de la ensoñación nocturna, algo imposible. Si bien cuando los sueños se mantienen como habito vital durante toda una vida, el abrir los ojos solo puede tener la expectativa que apunta el autor, la desgracia.
La bonanza económica del mundo occidental ,  y sus aledaños,  transformada en cierto grado de confort que hace innecesaria la preocupación, primero inmediata y luego absoluta por las necesidades básicas del  animal humano, alimentarse, reproducirse, y sobre todo la de trabajar de manera productiva, obteniendo un beneficio por su esfuerzo que, a la larga le permitirá prevenir dificultades futuras que pongan en peligro su supervivencia. El beneficio colectivo de ese trabajo es secundario, comparado con los instintos primarios individuales, pero de alguna manera es el que ha ido conformando a lo largo de miles de años, la humanidad que conocemos.

 
Cuando en esta sociedad nuestra, los excedentes permiten ignorar esas premisas fundamentales, esa necesidad de procurarse la alimentación propia y la de la familia, y la de trabajar para conseguirlo, así como la de aceptar los errores como necesarios para el aprendizaje y no como modus vivendi ;  entonces resulta fácil vivir en la nube,  "Get Off of my cloud" de los Rolling, y no querer bajar de ella. Claro que ni el individuo, ni la sociedad pueden tener siempre dieciocho años, y cantidades ilimitadas de cáñamo, o similares, para vivir autoexcluidos del mundo real.
Algo así, pero bastante mas estilizado, casi imperceptible en el desarrollo de la trama ficticia, que no lo es, es lo que viene a contar Coetze.  Ese contraste absurdo entre la marginalidad autoasumida por los hijos de la sociedad mas rica de la historia conocida y la bendición social de esa actitud. Casi me atrevería a extrapolarlo con los participantes en esas ONGs que ignoran la solidaridad  con su entorno mas cercano, y lo que es peor, bendecidos y financiados por ese estúpido entorno, dedican erróneamente su trabajo, en base a un concepto socialmente inaceptable como es el de la generosidad,  a  intentar convertir los perros asilvestrados en canes domésticos, por ejemplo.
Serán devorados sin duda, su fragilidad será puesta de manifiesto de la manera mas cruel,  y gran parte de la responsabilidad será de la sociedad que los ha tolerado, auspiciado, y hasta santificado. Un amargo despertar para los que lleguen a ver la luz después de la batalla. La mayoría se irán al otro mundo sin haber bajado de la nube.

Ya, ya sé que la novela, o más bien cuento corto, por su extensión ínfima comparada con el de mis lecturas veraniegas, poco o nada tiene que ver con lo que estoy escribiendo. Pero es la consecuencia de haberla leído, el hecho de pensar, reflexionar sobre la condición humana, las trampas en las que acabamos atrapados, y lo que es mas terrible, el como hemos entrado en ellas a sabiendas de lo que nos esperaba.

Mira que somos generosos o egoístas, inteligentes o necios,  bondadosos o malvados, pero sobre todo, mira que somos raros.  Y si los raros han gozado de todo el glamour disponible en la alacena en épocas de vacas gordas, también es cierto que son los primeros en arder, en ser quemados, en los tiempos oscuros.

Me ha hecho pensar, ya os digo, y es lo menos que se le puede pedir a un escritor. Supongo  que tendré que leer otras cosas suyas.





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