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lunes, 13 de agosto de 2012

LOS AÑOS DE HIERRO







LECTURAS VERANIEGAS 2.-


Volvemos a empezar con el paso cambiado. (Aquí hay que valorar el símil militar. No distraerse).
De entrada llamar – y titular- años de hierro a los años del hambre, pone en guardia (insisto) al más templado.
Son aquellos años de guerra mundial en el que la balsa de piedra, del amigo portugués, estuvo temiendo una invasión inminente por uno de los bandos, o incluso por ambos.
La situación, propia de un argumento de Arniches o de Valle Inclán, o incluso de ambos, (el sainete de Hendaya, un suponer), es vista desde la mirada imposible del historiador apasionado. Lo de apasionado es por suavizar el asunto. Pla me recriminaría no usar el adjetivo mas cercano a la realidad, el de fanatizado. Pero uno nunca sabe, cuando hace referencia a los que escriben libros para venderlos, y los venden, si  les enturbia la mente el sentimiento, las razones del corazón, o las de los lectores a quienes van dirigidos, es decir el bolsillo, el que está delante del corazón.

Por eso prefiero no enjuiciar las intenciones, por muy explicitas que parezcan, y limitarme a disfrutar del paseo, enésimo paseo por esa avenida desértica, árida y estéril en que se ha convertido la literatura sobre la historia de España en su último siglo. Y venga de donde venga, incluyendo los excelentes hispanistas que se mueven exclusivamente por su simpatía, condescendiente y protectora sobre este pueblo tan atrasado y pasional que es el nuestro. Nunca he comprendido donde les dan el certificado, el título, que les acredita como “hispanistas” y que luego les sirve para desenvolverse laboralmente en el único mundo donde este  tiene cierto valor, curiosamente el nuestro.

Por eso leo, y me rio o lloro según, y sigo haciéndolo, con la única e imprescindible salvaguarda que me otorga el haber leído tanto, el haber visto tantas y excelentes películas , la mayoría de propaganda bélica, o política (suele ser lo mismo).. Y sobre todo el haber vivido lo suficiente para asociar los datos  que van mezclándose entre si en un enorme puchero, olla podrida, donde sobrenadan aquellos incompatibles con los sucesos contrastados de alguna manera y sobre todo con el sentido común, siendo estos apartados con la espumadera en los instantes previos al añadir un poco de agua fresca a la olla, por aquello de “asustar” las fabes. 

Siempre se saca provecho de estas lecturas, incluso de las mas abyectas, que tampoco es el caso presente, al establecer esos diagramas paralelos en el tiempo, en los que ocurrían ciertas cosas más allá de nuestras fronteras, entre los alemanes, que eran paganos, y los aliados que eran protestantes y masones, hasta incluir extramuros al resto del planeta en una contienda mundial, de la que quedamos excluidos por méritos propios, - por ser el tubo de ensayo donde se experimentó antes el fenómeno aniquilatorio -  aunque el autor sugiere que debemos agradecerlo al líder de la nación que, en los difíciles tiempos del hierro, terminaba cada consejo de ministros rogándo a su equipo que hiciesen lo único que sabían, y podían, rezar por España.(Escribo esto, el 25 de julio de 2012, dia de Santiago, y en los informativos, los barandas de la cosa piden en la “ofrenda” al santo patrón, soluciones para los problemas de España. Y luego dicen que hubo una transición !Ja!).


Hace un par de días comprobaba  otra vez, in situ, los restos de la arqueología militar, léase bunkers o parapetos que constituían hasta hace bien poco los únicos elementos urbanos que coronaban las dunas de nuestras mejores playas. Las salvajes,  cuando las teníamos.
Ahora siguen ahí, tan inútiles como entonces para detener la invasión del enemigo, y servir en el mientras, de letrinas espurias para alivio de los veraneantes naturistas. Menos mal que ahora  les han cegado las puertas y las aspilleras dotándoles de un aspecto más siniestro aun, si cabe.
La referencia exterior en aquella década fundamental, según el autor, se reduce a los dispendios, los fondos de reptiles generosamente repartidos por los embajadores de Alemania y Gran Bretaña al objeto, insatisfecho, de conseguir conocer las intenciones al respecto de la intervención, beligerancia, neutralidad o abstinencia de nuestro país ante el conflicto. Bueno a eso y los éxitos de la gloriosa división azul, cuya actuación, si no resultó definitiva en el desenlace de la contienda, fue exclusivamente debido al freno que la cancillería alemana le puso en los momentos críticos, lo que impidió revivir la gloria de Lepanto o al menos la rendición de Estalingrado, digo de Breda.

Lo cierto es que he leído, y sufrido media docena de estudios poliédricos abusivamente 
documentados sobre la división de “los gamberros” en palabras del fuhrer, y sigo sin conocer datos del mayor interés, al menos para cualquiera que esté interesado en el tema. ¿Hubo conscriptos en ella?. Perdón, conscripto es el soldado de leva. ¿Tampoco?. Vale, forzoso, de reemplazo, de aquellos que después de tres años de guerra civil volvieron a “repetir” la instrucción por haberla hecho con la camisa o la edad errónea.

 De los veinte o treinta mil que fueron –tampoco el número resulta categórico, se relevaban cada tres o eran ¿seis? meses. Y sobre todo, ¿Cuántos miles quedaron allí? Enterrados bajo el hielo, si es que no se pasaron al enemigo para hacer carrera en el politburó.  La verdad es que hasta cualquier tema serio, trágico ya lo es, parece ser tomado a broma si consideramos la inseguridad que ofrecen unos datos tan aparentemente cercanos. De otros sucesos históricos anteriores, más nos valdría  informarnos directamente en las series televisivas o en las sagas del inefable Alatriste.

Vuelvo a personalizar, que es la única manera de sacar jugo a cualquier lectura.
Mi tío Eusebio “Cucharilla”, lo era por ser hermano de leche de mi padre, y lo recuerdo con la presencia de ánimo y la simpatía inagotable de cualquier tío con cualquier sobrino, aunque  sea de leche. Aunque lo traté poco, podría arriesgarme a afirmar que era una buena persona. Con una característica especial que lo hace inolvidable, le faltaba el maxilar inferior, la mandíbula, que había perdido en la nieve rusa, y le condicionaba a una alimentación muy peculiar. ¿Con cuchara, quizás?

Hubo otros antihéroes como él, el guardia que tenia medio cráneo de plata, obsequio de la sanidad alemana en la retaguardia, o el inválido que vendía chuches en la plaza del pueblo y a quien siempre conocí con pantalones cortos cuyas perneras resultaban todavía excesivas para sus muñones, amputados por las  “katiuskas” según contaba, cosa que me hizo recelar durante mucho tiempo de las botas de agua. 

Nunca sabré si fueron voluntarios, reclutados a la fuerza, o quizás por hambre o dinero, que a veces son la misma cosa. Tampoco los cronistas parece que puedan aclararlo.
Y como ese asunto, quedan sin resolver la mayoría de los recogidos en sus centenares de páginas. 

Quizás el epílogo, que insiste en la opinión personal  sobre la historia, y no en abundar en lo que yo buscaba, retrata mejor al autor y a este tipo de literatura absolutamente prescindible. Insiste en que si bien era un sistema autoritario, en modo alguno lo fue totalitario. Es una de esas perlas que agradecen el esfuerzo de haber llegado hasta ellas.

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