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jueves, 20 de septiembre de 2012

JOHN HUSTON EN EL MANUAL DE USO CULTURAL. ( El nº de Septiembre ya en la calle).-

The Misfits (Los inadaptados). Vidas rebeldes.- 1961.


El ocaso de los dioses, o la enésima y placentera revisión de una película maldita, que en todas las enciclopedias figura como drama, romance y western, no siendo ninguna de esas tres cosas.

Aparenta ser el salto de un director especializado en el cine de aventuras hacia la intelectualidad metafísica. O quizás sea simplemente el resultado del montaje apresurado, forzado por los productores, sobre los restos de una película que no pudo ser. Evidentemente es teatro filmado, firmado por Arthur Miller.

Diálogos tan esplendidos como inconexos a lo largo de una obra fragmentada por los avatares de un rodaje caótico. El ausente, o quizás falso final, sin títulos que lo certifiquen, ni epilogo que lo justifique; nos confirma la sospecha del combate cotidiano entre guionista y director a lo largo del rodaje; ayudados en el común objetivo hacia la catástrofe, por estrellas que, a punto de desaparecer, están prestando a la pantalla los últimos rayos de energía que preceden a su extinción.
Una producción de lujo en la que los textos del dramaturgo estarían bordados por alumnos destacados del Actor´s Studio, entre los cuales intentaba infiltrarse Marilyn, asesorada por una profesora de la academia, experta en coaching, que fue la primera en rendirse.

Clift solo necesitaba prestar su magnífico rostro de juguete roto, literalmente, al intentar ocultar con afeites y encuadres el lado malo, paralizado, de su cara; secuelas de una reciente reconstrucción. Gable que estaba perdido entre actores como Wallach o Clift, había adelgazado más de lo saludable para poder asumir un papel pensado para Robert Mitchum. Y ninguno de ellos, pese al desinterés del alcoholizado Huston, que dormitaba durante el rodaje, en los ratos perdidos entre una y otra noche loca, consiguió aparentemente salvar del desastre esta película inclasificable.

Fiasco aparente, porque su contemplación no deja indiferente al cinéfilo, en absoluto.

Los títulos de crédito ya previenen al espectador sobre su contenido, un puzzle que tendrá que armar con bastante cariño y paciencia, muchísima paciencia; dando por bueno el que le sobren algunas piezas, y le falten otras en la zona vital del cuadro, aquellas que deberían cerrar de manera coherente la imagen, en esplendido blanco y negro, de una naturaleza salvaje a punto de convertirse en carne enlatada para animales de compañía. Un canto al conservacionismo y a la protección medioambiental, como esbozo ecologista, echado a perder por el sentimentalismo histérico del personaje de Marilyn, en la escena cumbre de su carrera, según algunos fanáticos.

Afortunadamente, el exceso de medios empleados, los recursos obscenamente invertidos en su producción, nos ofrecen escenas imprescindibles para comprender la historia del séptimo arte.


Me refiero a aquellas en las que aparece un personaje, aparentemente menor, pero que quizás sea el mas elaborado, el mas redondo de la película, encarnado –la palabra interpretado no hace justicia- por esa actriz que oscurece inevitablemente todos los repartos en los que ha estado incluida. Thelma Ritter, incluso con el brazo en cabestrillo, y solo con la media docena de frases que le han asignado, nos hace olvidar cualquier intento más o menos logrado, de escenificar la carga psicológica, en cuatro personajes poseídos por el mismo pesimismo crepuscular que los asfixiaba en la vida real. Thelma Ritter nos demuestra que se puede, y se debe, prestar un poco de humanidad a los que te rodean, cuando todo a tu lado es cabeza perdida, como en los versos de Kipling. Comprobadlo (En el film y en la vida real).

Huston lograría dirigir al menos una película con evidente trascendencia psicológica, y textos de Joyce, la esplendida “Dublineses” que aquí se tituló “Los muertos”, más que nada por incordiar. Y continuaría, octogenario y enfisematoso, con el habano en la boca, junto a la mascarilla de oxigenoterapia en la nariz, demostrando que la fortuna, el azar, y nadie más, es quien puede escribir los guiones de eso que llamamos destino.


P.D.- Os incluyo alguna afoto sugerente de lo perniciosas que son las malas compañias, de lo malos que son los excesos, y de lo que dije, de quien manda aqui.


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