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miércoles, 17 de octubre de 2012

PENSANDO EN NOSOTROS, LOS JÓVENES.-



” Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó. Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó. Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó.
Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó. Después siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó. Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde.”

Martin Niemoller 


Aquí, y en muchas otras apreciaciones del suceso, subyace siempre el mismo error. Al menos a mi me sucede en la primera lectura.
Ves en el cuentecito, realmente deprimente, a ellos, a los que se llevan; incluso en un afán infantil de protagonismo, te ves a ti mismo. Se me llevan también.
Pero no ves, no veo, no quiero, no queremos entender que la otra parte es omnipresente e imparable. La de los que llevan, los que siguen llevando. Y por tanto erramos en la solución del problema, incluso en el pretérito imperfecto. No se trata tanto de que me solidarice con las victimas, antes de convertirme en una de ellas melancólicamente, como de que luche desde el principio, con todas mis fuerzas, contra los que se llevan a los demás. Esa es la cuestión, la lucha, solo o en compañía, contra la fuerza que nos arrasará si no lo impedimos.

Ya en uno de los relatos de Chaves Nogales, en la magistral “A sangre y fuego” -y que nadie espere un portento literario ni en una obra maestra de las que te llevarías a una isla casi desierta- en un capítulo con nombre propio, el apodo de su protagonista, nos aclara cual fue el origen del fin de aquella tragedia, la de siempre, y no fue otro que la falta de fe en la entrega del todo o nada,  que no se puede hacer la revolución huyendo del frente y que al final el que pierde, lo pierde todo inevitablemente, por mas que haya intentado poner su piel, exclusivamente su piel, a salvo. Más de lo mismo.

Pero curiosamente no ha sido hasta sentir en carne propia la presencia lacerante de los que vienen, están viniendo a por mí, cuando he comprendido otros sucesos históricos más o menos lejanos pero siempre repetidos.
De la balsa de la medusa y de los náufragos abandonados a una muerte cierta por los despóticos e ineptos responsables de la singladura ya hemos hablado aquí hace poco. Y extraído ciertas lecciones de difícil asimilación en un medio aparentemente confortable para algunos, todavía.
Sin embargo ha sido la tragedia de Katyn la que me ha abierto los ojos y alertado sobre una posibilidad tan segura como inverosímil, si no hacemos nada para evitarla.
12 o 20.000 oficiales, que más da la cifra, la aristocracia del ejercito polaco, que es decir lo mismo que la flor de la aristocracia polaca, hombres de academia, con una formación intelectual, y física presumo, superior, se dejaron llevar en grupos de varios centenares cada dia, ante un verdugo, un solo ejecutor que con un único tiro en la nuca, con un pedazo de plomo del tamaño de un grano de café (1) los exterminó a todos sin, desgraciadamente para los suyos, batir su record de trescientas cincuenta ejecuciones diarias.
Largo tiempo atrás, y debido en parte a las omisiones informativas de los vencedores y a la leyenda, naturalmente apócrifa,  se puso todo el enfoque de la masacre sobre sus presuntos autores, si nazis o comunistas, si churras o merinas, y como colofón, last but not least, el avión cargado otra vez con la flor y la nata polaca, solo que esta vez, de la clase política, se estrella por un quítame allá las prisas, poniendo otra corona de luto sobre la anterior.

Hace tiempo que han dejado de interesarme los asesinos, o sus identidades. Al fin y al cabo no milito, y espero no militaré en su bando, pero sí me interesa, y mucho, el como y el por qué esos miles de oficiales no presintieron lo que estaba sucediendo, no se plantearon luchar a pesar de su probable derrota. No lo entiendo y comienza a preocuparme que pasen esas cosas, que hayan pasado y que vayan a seguir pasando.
Pero, criaturas mías, si hasta los pobres desgraciados del ghetto de Varsovia se rebelaron y lucharon antes de morir. Si la huida o la negación ante el enemigo por poderoso que sea no van a aliviar el final en el peor de los casos.
Solo el hacerles frente, aun en la soledad del héroe del frente de Talavera, el personaje de Chaves Nogales (2), puede justificar el perder la batalla, al menos eligiendo el boleto, el único, que te da opción a la victoria.
Los náufragos de la medusa, los oficiales de Katyn, incluso los melancólicos rapsodas que se enternecen con los versos de Martin Niemoller, no hacen mas condenar al resto con su actitud bovina.

La verdad que uno busca todas la razones por evitar las revoluciones, que por cierto tampoco hizo en sazón, a los veinte años, pero es que tiene que escucharlo hasta de algún político tan poco sospechoso de liberal, como fehaciente responsable de la restauración e inventor del timo nacional del bipartidismo, junto a su socio Práxedes Sagasta, y me refiero a Antonio Cánovas del Castillo cuando dice aquello de:
“Un hombre honrado no puede tomar parte más que en una revolución, y eso porque ignora lo que es”.
Hasta D. Antonio, el precursor de la transición política hacia la nada, comprende que los otros, los honrados, están llamados a defenderse si quieren sobrevivir. Que cosas.


(1).- ¡Que le den café. Mucho café!.
Frase histórica. Respuesta del gobernador militar de la Bética, al ser preguntado por los captores acerca del destino del detenido, García Lorca.
Nunca lo comprendí. El café era para mi, tan solo un líquido oscuro, casi negro en su contraste con la blancura del tazón. Y si encerraba otro significado, está claro que nunca me lo explicaron, y lo que es peor, nunca me atreví a preguntar.
 (Supongo que los usuarios del Nespresso tampoco lo van a entender).

(2).- He leído, al menos en lo que va de año, tres artículos cuyo autor/a afirmaba haber leído el esclarecedor prólogo de “A sangre y fuego”. Lo que pone en evidencia que los relatos, no los han leído, y lo que me hace dudar de que realmente hayan leído el prólogo. En fin... (Suspiro).

Para Vito. (Se lo debía).





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