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domingo, 28 de abril de 2013

PALANGANA GRATIS COMO HECHO DIFERENCIAL .- (PEQUEÑOS CAMBIOS PARA QUE TODO SIGA IGUAL).-



(Lampedusa dixit).

Demasiadas coincidencias, demasiado fácil la metáfora.

Pero tenemos que aprovechar que la indignación estimula la producción de denuestos, a borbotones, y quizás entre ellos podamos encontrar algún venablo eficaz.

Vemos la primera estridencia a la hora de considerar la política nacional (la oficial, porque políticos somos todos) como casa de lenocinio, en la  negación del sagrado dogma sobre cual es el oficio más antiguo del mundo. ¿Cuál de los dos?. Deberíamos plantearnos en justicia la atribución del adjetivo “más antiguo”, e incluso valorar pormenorizadamente los meritos de los aspirantes al título.

Al parecer, ambos tienen gran demanda popular desde los orígenes de la humanidad. Intermediarios en la gestión pública e intermediarios en la cuestión sexual. Me  encuentro sin ganas ni fuerzas, para mediar en la disputa (¿) o para negarles el carácter de utilidad social a cualquiera de las dos instituciones. Indiscutible esta utilidad.
El que tengan el desprestigio asociado a su tarea, creo que más allá de atribuir sus causas a la leyenda urbana, hay que  asociarlo a la mala prensa, a la carga negativa que soportan sus actores en la mala literatura, es decir al eco mediático de estos trabajadores a los que se supone una vida fácil y de beneficios incalculables. Aquí con evidente ventaja hacia los que ejercen el noble arte legislador-ejecutivo.
 
Si bien todos ellos tienen un trasfondo de opacidad, de ausencia de control en sus actuaciones, de puertas cerradas, de proxenetismos descarado, y de organización cuyo fin aparente es proporcionar placer pero… la mayoría de las veces, este queda oscurecido por el afán de enriquecimiento ilícito, que no duda en asomar públicamente sus evidencias de actividad criminal. La verdad es que entre los chulos y la madames de unas/os y los corruptos impunes de los otros/as no sabría establecer su nivel en el rango de dañinos, tampoco aquí puedo mojarme.

Pero es que la analogía es tan fecunda que daría para un ensayo, de esos que tan bien se venden en las librerías moribundas, sección sagas meridionales, al unir en el relato el dinero, el crimen y la pasión, que de todo hay en este asunto.
Para apuntar otro paralelismo, sugerido en el impactante  aviso publicitario, haré referencia a la principal industria del país, por no decir la única que nos queda, o por llamarla impropiamente, industria del turismo.
Al fin y al cabo oferta placer, también, y como es natural, lo hace en su mayor parte , y en connivencia con las otras dos, mediante el trabajo oculto, el dinero negro, los alojamientos irregulares, las facturas virtuales y la miríada de intermediarios, palanganeros, en medio de un descontrol que beneficia exclusivamente a los de siempre, a los ilegales. Que por cierto no son precisamente aquellos infelices a quienes se les ha colocado el sambenito de ilegales.

Se me dirá que “todos” los negocios del ramo están rigurosamente fiscalizados por los departamentos correspondientes, y que la mayoría cumple con sus obligaciones. Y no se me negará, porque es imposible, que las empresas de un determinado nivel, tributan, cuando no residen en ubicaciones paradisíacas a efectos de que el estado, nuestro, sirva de cenicero para recoger los restos de la fiesta. O que todos los camareros que cotizan cuatro horas diarias a la seguridad social, mientras trabajan doce, los que están cobrando la incapacidad temporal o definitiva, los que perciben el salario por estar parados, y simultanean a la vez que complementan sus ingresos, con el trabajo de la temporada alta, son inventados por los pesimistas agoreros, (cenizos) que buscan nuestra ruina. Los centenares de miles de propietarios que hacen su agosto (¿) alquilando viviendas vacacionales a precios  increíblemente desproporcionados, y mediante la misma simbólica aportación a las arcas del estado, el IBI y pare usted, también son ficticios.

Esa es la gigantesca industria del placer, la que mantiene, todavía, el país, basándose en otro dogma absurdo y tan pernicioso como falso. Que el dinero es bueno venga de donde venga y que lo importante es que se mueva. A la vista están los resultados.

Curiosamente esta última acepción de la venta de “relax”  libre de impuestos, la del turismo, es la que estimo más frágil de las tres. Aquí le otorgo el “más” incondicionalmente.

En cuanto comience a escucharse el zumbido de la marabunta, el despiadado crujir de las mandíbulas en las hormigas hambrientas, vamos a ver como la dama desaparece, como ese fenómeno industrial, pilar de la economía (¿) nacional, se vuelve evanescente y… si también me lo quitó, bendito sea su santo nombre.

Que posiblemente todo forme parte del mismo conjunto, intereses y defraudadores entrelazados en la mayor estafa imaginada, y lo peor de todo, consentida. Y que esta, la peor de las burbujas, la de la ceguera por omisión (de separar los parpados) continúa creciendo sin que hagamos otra cosa que jeremiadas como esta que suscribo. Eso es lo terrible.

¿Y lo del paro? dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.
No es ningún problema, de hecho no es “el” problema, es tan solo la consecuencia del problema.
Y la razón, por encima de las consignas, establece que el fin “jamás” justifica los medios, salvo que estos sean criminales en grado y forma irrebatibles, y que el alivio de los síntomas, los efectos de la enfermedad, nunca evitarán que estos se reproduzcan o que termine con la vida del paciente. Tratando la causa, conocida por todos, un sistema político absolutamente ineficaz, posiblemente aparezcan las soluciones.

 

Comparados con ellos, la signora, la madama Renata es una santa. Seguro.
Comprobadlo en “La diligencia” de John Ford 1939, o en el cuento original, de Maupassant.
Veréis lo injusto que he sido en usarla como palanca de hoy. (Y es que, insisto, el fin no justifica…).

Por cierto que el título original de “Cuando ruge la marabunta” es, o debería ser, si llamamos a las cosas por su nombre: “La Jungla desnuda”, “The naked jungle” Byron Haskin 1954. De ahí a inventar todo un vocabulario, solo hay un puñado de años. (Y muy malas intenciones).


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