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miércoles, 26 de junio de 2013

Cuando el cine de verano trae libros en lugar de películas.-




“Darkness at noon”, o sea “Solo ante el peligro”.-

En realidad el título original es “High noon”, las doce en punto, y la duda se instauró en mi mente al comprobar que el héroe no estaba tan solo;  tenía a la mala-buena a su lado, Katy Jurado, que luego resultaba ser la buena-buena, mientras la buena del principio dejaba de serlo para casarse con Rainiero, que ya fue un golpe duro para nosotros, Don Alfredo, y un servidor.

 Y es que si los caballeros las preferían rubias pero luego se casaban con las morenas, en el cine, la realidad insiste en que a las chicas les gustan los jóvenes apuestos pero luego se casan, o se lían, con los de siempre. Misterios del universo. Nunca aclarados, por cierto.

Pero Darkness at noon, “Se hizo la noche en pleno día” como en la samba de Luthiers, es conocida y adorada, todo hay que decirlo, como “El cero y el infinito” y os aseguro, después de leerla, que aquí se habría adecuado con toda propiedad el título de “Solo ante el peligro”.
Y no solo es la situación del protagonista ante esas dos palabras terribles, la soledad y el peligro, la que decora  a modo de imagen de fondo las líneas de esta novela.

Resulta ser también la peripecia vital del autor, Koestler, cuya introducción por Vargas Llosa en el prólogo te induce imperativamente a sumergirte sin demora en esta obra maestra a la que, afortunadamente el tiempo, la moda, y las injerencias políticas, han colocado en un estante de la librería, alejado de los lectores jóvenes, y en el estadío previo a la sección de los libros olvidados. Y va a ser que no.
A pesar de que el Sr. Vargas de a entender, de manera brillante, como todo lo que escribe, que no ha leído la novela que pretende prologar. O eso, o no la ha entendido en absoluto. Y como bien dice el héroe de la susodicha, se puede ser inteligente u honrado, pero las dos cosas a la vez jamás, eso es imposible.

Hay que tragar alguna píldora gastro erosiva, de esas que se secan en la boca y se atraviesan en el esófago, produciendo espasmos dolorosísimos, antes de caer en el estómago  y convertirlo en el cráter de un volcán a punto de estallar.
Hay que hacerlo, antes de nada, para transigir con que el género al que hay que adscribir a “La montaña mágica” o a “Vida y destino” sea el narrativo, el de la novela rio, u oceánica, a camino entre la historia, el ensayo filosófico, el reportaje histórico, o el puro costumbrismo de un ambiente  un tanto extraño para los lectores de aquí y de ahora.
Pero una vez aceptado el hecho de que para escribir cosas profundas, ideas intemporales, haya que hacerlo con cierta superficialidad y con las habituales salsas literarias, al gusto de la humanidad, como el humor en el Quijote, el lujo y el amor en “La montaña” o simplemente el horror, el horror,  de  “El corazón de las tinieblas”, o de “Vida y destino” de Vasili Grossman, alma casi gemela de Koestler, o de la obra cumbre de este último, “El cero y el infinito”.
He tenido la inmensa suerte de haber pospuesto su lectura hasta haber pasado la escarlatina, el sarampión y todas aquellas impertinencias juveniles -también fui retrasado en eso- llamadas antifascismo, anticomunismo, y antiimperialismo, es decir, la suerte de haber pasado bajo todas esas pancartas sin haber recibido una sola pedrada y, lo que es mejor, sin necesidad de adhesión inquebrantable a las lecturas “obligatorias” de esas corrientes “culturales” periclitadas espero.
Ausente en mi biblioteca, por la calificación panfletaria del libro, que inició, año 1940, la primera gran convulsión entre los comunistas europeos, y que por la condena que los “intelectuales” oficiales de las correspondientes casas del pueblo occidentales, quedó como algo proscrito por obvio, por elemental en su planteamiento, al fin y al cabo algo contrarrevolucionario, y por tanto despreciable sin más.
Luego ni tan siquiera el fallecimiento del autor, en circunstancias tan excepcionales como las que arropan a su protagonista cincuenta años antes, reaviva el interés por este quijote apócrifo.
Tuvo que llover mansa y persistentemente la asociación entre su nombre, el de Orwell y como no, Camús, hasta anegar el campo del compromiso literario, ciertamente en prolongado barbecho, donde la independencia del pensamiento y el compromiso vital del escritor van mucho más lejos de los honores o del éxito editorial.
 Los tres insisten en lo mismo, idéntico a lo que dijo nuestro paisano De los Ríos,  al volver de la segunda o la tercera internacional, que no recuerdo cual,  “No es eso, no es eso” tras comprobar personalmente la situación en que se encontraba el pueblo soviético, el pueblo. Tampoco fue bien visto el comentario, aunque las circunstancias pintaban bastos, igualmente.
Hay algo, mucho, de grandeza, en la genialidad literaria de esos hombres, que se condenaron a la peor de las marginaciones, a la del traidor, la del diferente, manteniendo con firmeza el discurso que a Zola le traería tantos disgustos, el “Yo acuso”.
Sucede que, además de los motivos, las razones que impulsaron a cualquiera de ellos a contarlo, estaban las circunstancias, la guerra mundial, y después  la guerra fría, que subyugó la propaganda europea – la Europa libre, como decían en los informativos patrios- durante más de cuarenta años. Años cruciales para enterrar a una generación que había visto demasiadas cosas incomodas para la memoria, y para dejar el espacio abierto a nuevas ideas libres de cargas onerosas.
El que estas no hayan llegado no es culpa de nadie. Cayó el telón y hasta los comunistas chinos son los capitalistas con más probabilidades de salvar el mundo, económicamente claro está. O quizás no, no esté tan claro.

Retoma Koestler el eterno enfrentamiento entre la fe y la razón, y comprueba el lector lo que sucede cuando la fe fanática en la razón, como otra nueva-vieja religión, conduce a los desastres. (De Goya sin ir más lejos).
Dice que no se puede ser revolucionario cuando se tiene conciencia, igual que cuando se tiene papada. Y nos hace pensar otra vez.
Una extraordinaria batalla de ideas que no deja de salpicar moralmente al lector a lo largo de sus trescientas páginas, que podrían haber sido tres mil, y no habrían saciado en absoluto la avidez de quien quiere comprender cosas que quizás resulten incomprensibles en su esencia.
Frases que marco en amarillo, otras doblando la esquina de la página donde se encuentran, las más anotadas precipitadamente en  el primer papel que encuentro.
“La Historia es un albañil inhumano que hace su mortero con una mezcla de calumnias, sangre y fango”. Irrebatible.

P.D.- Cualidad inherente a los buenos libros. Te hacen leer otros igualmente interesantes.
Ahora tengo que encontrar el discurso de Danton ante el tribunal que lo condenó. Que le vamos a hacer. Es lo que tiene ser testigo.

Fe de erratas.- Donde dice "a las chicas les gustan los jóvenes apuestos" debería decir "a las chicas les gustamos los jovenes apuestos". (Dice el autor que la vanidad es mala cosa).



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