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viernes, 9 de enero de 2015

BSO DE LOS DESCANSOS.- I


                        


Porque ha perdido una perla
llora una ostra en el mar
porque el sol no se ha asomado
está triste el pavo real.
(Viajera)

Desconozco por qué se llamaban descansos, mientras el proyeccionista se afanaba contra reloj, cambiando las bobinas de la película, rebobinando la que acababa de terminar para poder volver a usarse, nosotros levantábamos el cuello oteando  el paisaje humano alrededor de nuestra butaca, para inmediatamente echar a correr hacia el rincón más atractivo, o hacia el ambigú en busca de otra bolsa de pipas. En el mientras, y supongo que para acallar el griterío inevitable de la masa forzosamente silenciosa durante los treinta minutos que, sin averías, duraba cada bobina, el buen hombre ponía unos discos en el pikú, intentando que su estilo musical le resultase familiar al auditorio, bien porque eran las mismas canciones –copla- que sonaban en la radio, bien porque a causa de las limitaciones, escuálida discoteca del cine, media docena de sencillos, acabábamos interiorizando para siempre sus melodias. En esas estamos.


Algo difícil, algo salvaje, algo que suelta amarras, rompe ataduras y permite que el barco siga su curso, que nunca es el suyo, tan solo el del rio que lo lleva, no importa hacia donde, importa solo el navegar, como el montón de chatarra flotante que Álvaro Mutis convierte en protagonista del mejor de sus cuentos, el Tramp Streamer.

Difícil para quien lo escucha, sumergiéndose en ese lodo milenario, en el que han ido acumulándose tantos recuerdos, tantas vivencias, y por supuesto tantísimas impertinencias provocadas, recibidas e infligidas, y que bastante después de realizada la felonía, el tiempo difumina el espacio entre el autor y su víctima, hasta hacerlos parte de un único conjunto, de ese légamo de donde dicen hemos salido y al que añoramos inevitablemente a la hora de cerrar cada jornada, de anotarla en el cuaderno de bitácora, o de reunir dos docenas de canciones, una vez más.

Y aquí me encuentro pidiendo disculpas por mis pecados, cosa que no tiene ningún valor cuando se convierte en insistente repetición como bien sabéis, pero que debe tener algún significado oculto cuando es lo primero que se me ha ocurrido al escuchar el coctel subversivo que me ha salido de donde siempre, solo que ahora no he tenido la prudencia, virtud que perdí en la tierna infancia, de ir descartando esta y aquella, la una porque iba a molestar a la moral (religiosa), la otra por denostar la otra parte del conocimiento (científico), sin contar todas aquellas que tuviesen connotaciones políticas o sexuales (pecado mortal) que para muchos viene a ser lo mismo, aparte de aquellas cuya ñoñería pudiese dejar al descubierto la simplicidad de mi espíritu, cosa que intento ocultar con el mayor esmero.

Afortunados los que han llegado a ese punto vital en el que deja de importar, disfraz de censura, de represión pacata, de obligatorio discurrir sin dejar descarrilar el tranvía que conducimos sin saberlo, desde que nacemos. 
” Do des ka den “es el ruido que hace con su voz el alienado protagonista de la peli de Kurosawa, dedicando sus días, y noches, a manejar un tranvía imaginario, que es una metáfora maravillosa de la vida que creemos vivir, ignorando lo alienados que realmente estamos todos, como lo están también el resto de los personajes de la película.

Y sí, también, las disquisiciones metafísicas eran apartadas por improcedentes en anteriores compilaciones, nada de cargas de profundidad en medio de tanta música festiva, consiguiendo amputar el mensaje que los trovadores, los payadores o los cantautores intentaban transmitirnos en las horas de duermevela, esas en que las piernas agotadas por rumbas y cumbias, humillaban nuestro trasero hasta un rinconcito discreto en el que quedábamos a merced de la inevitable y cantarina filosofía de los poetas, que de todo había.
Y así de casi todo he ido apartando piezas memorables, como grano inadecuado para la molienda, y ahora veo que no era por su calidad nutritiva sino quizás, por la absurda razón de no pasar por los minúsculos agujeros del liendro, gravísimo error que me obliga a iniciar este mea culpa, a sabiendas también de que los latinajos que comienzan por mea, son de auténtico mal gusto, fijaos que casi nadie, incluso los exseminaristas (sinónimo de alféreces provisionales, que también) que nos han gobernado desde las consejerías y los ministerios, alcaldías y direcciones generales, lo han olvidado desde el día que decidieron dar el cesar lo que era del cesar, cesares todos ellos. Mea pues, pero para otro lado, que hoy, ya digo, voy a darme el gusto de anatemizar lo sagrado, para otros, y de santificar los pecados capitales de nuestra época, aunque sea con esta humilde, antídoto de la soberbia, colección de herejías.

En mi defensa, y en la vuestra, pecadores, debo recordar a los olvidadizos que todo esto estaba allí, siempre ha estado allí, aunque hayamos mirado para el otro lado, y el que hoy esté aquí es solo una permuta en su locus, que ahora no significa locos, y que aquellos que las escuchen sobrios, o dominados por su ángel de la guarda, harán muy bien en seguir el consejo de los directores espirituales de antes, que invitaban al joven pecador que esto suscribe a quemar, o enterrar, que simbolismo genial, todos aquellos libros que figurasen en el índice de libros prohibidos por la iglesia, es decir todos, salvo ciertos libros de horas o poemarios de autores espirituales, que por cierto alguno ya  figura en nuestra colección en la versión de… Silvio Fernández Melgarejo, lo que son las cosas. Si ya decía él que la culpa de todo esto la tuvo Roma, y con razón.

Ni quemé, ni enterré libro alguno, y que me den las gracias de no haber hecho lo peor que un españolito puede hacer con la fe de sus mayores, que era, obviamente, pasarse a la competencia, protestante, evangelista, ortodoxo o incluso budista, nada de esas sectas –todos las otras lo son- podía penetrar en la terrible coraza antirreligiosa que el clero patrio había conseguido desarrollar, con sus mejores intenciones, en nuestros impermeables corazones, alérgicos incluso a la fe en los partidos, los sindicatos, o al club de golf de la era del pueblo. Que desperdicio, y que daño infligido a las mentes virginales que teníamos, quedando reducidas ahora a estos despojos que hurgan en la basura televisiva y ensimismadas en la militancia de los auténticos partidos, los del fin de semana. Buena la hicieron.             
                      
                                                 
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