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sábado, 31 de enero de 2015

BSO DE LOS DESCANSOS.- IV




Otros no son menos profundos, aunque adopten la figura del payaso a la hora de exponer sus mensajes, Krahe va por ese bendito camino, alejado de las piedras, y me asombro de que no haya aparecido antes, aunque supongo inevitable que llegue a disponer de una sección propia en el futuro, y es que las contradicciones sentimentales, sociales o políticas parecen más amables, y desgraciadamente más inofensivas, si nos las tomamos a risa. O al ritmo de unas maracas, como las guarachas de Carlos Puebla, alguna de las cuales sirven perfectamente para describir nuestro presente, el innombrable, por aquello de que ni me lo recuerdes, y que sin embargo revivido sesenta años atrás en la música de estos cubanos, me siguen pareciendo profecías melodiosas.

De Cuba traigo un cantar
hecho de palma y de sol
cantar de la vida nueva
y del trabajo creador
para el ensueño mejor
cantar para la esperanza
para la luz y el amor...


Y ahora que sale Cuba a relucir, compruebo como se eterniza la desgracia del pueblo cubano y entra pánico al pensar que lo nuestro vaya por el mismo camino, con el agravante de que aquí no ha habido ninguna revolución, ni bloqueo comercial, sino todo lo contrario, libertad y apertura comercial, desaparición de las fronteras, moneda común –no devaluable – e incluso comenzamos a entender lenguas inescrutables para nosotros desde aquello de la torre de Babel.
 A pesar de todo, perece que va a eternizarse, o quizás a descubrirse el pastel que ha estado oculto en la fresquera mental. Que hay conceptos políticos, históricos, y hasta religiosos, que no están hechos para nosotros.
Que nos importa un pimiento la nación, el estado o la democracia, con minúsculas, y que nuestro contrato social no vaya  más allá de aquel de Groucho, el que arrancaba la parte contratante de la primera parte, y continuaba hasta convertirlo en un guiñapo de papel. Que es suficiente el tener “a pienso” el porcentaje necesario de votantes para eternizar a cualquiera en el poder, y que el resto de la población se contenta con su dosis periódica de indignación, mejor si va acompañada de medio kilo de sarcasmo, de humor negro dirigido, a poder ser, contra nosotros mismos.

¿Cuándo empezó lo de Cuba?
En 1959. Llevan pues…55 años. Nosotros solamente 40, pero pasar del desencanto a la incertidumbre llega a hacerse penoso para los que tienen el calendario marchito, y todavía más para los demás, que esperan el milagro imposible, el que todo cambie a mejor en su ausencia, en modo espectador. Algo imposible.

Leía en las memorias – apócrifas, en realidad una larga entrevista- de Fernando Fernán Gómez la frasecita que algún personaje suyo usa de epitafio en “Las bicicletas son para el verano": Deseábamos tanto que terminase la guerra, que no pudimos sospechar que después vendría algo peor, la paz. 
Luego aprendí que ya lo dijo antes algún político español en el exilio, muy comprensible el asunto, y que después de la larga, eterna, dictadura, algunos pudimos comprobar que la transición no fue tan desgraciada como la guerra, ni mucho menos como la paz aquella que mencionaba Fernando, pero en todo caso si ha sido, está siendo todavía, realmente decepcionante.
Por eso cuando veo que los cubanos se enfrentarán cualquier día de estos a su transición, se me recrudece el prurito ese que no me deja dormir, el picor innombrable. Ojalá tengan más fortuna y mejor ron.

Los Zafiros han sido los causantes de esta distracción tan inesperada como inevitable, el volver a repetir la escucha de sus canciones, y su época misteriosa y desconocida para los que la hemos visto también desde la ausencia, aunque me queda la sospecha de si los protagonistas, los cubanos, han llegado a vivirla. La verdad es que desde la distancia en miles de kilómetros y años, uno solamente percibe un aura nebulosa donde flota esa música increíble. No conocimos a Los Zafiros, y todavía desconozco el por qué. Quizás la efervescencia de los cantantes nuestros, el Dúo Dinámico, por buscar un símil imposible, las voces armoniosas de Los HH, o los postreros juegos vocales de Los Ángeles, eran lo más parecido en cuanto al dúo o trio vocales, apacentándonos con sus baladas que eran boleros sin que lo supiéramos con certeza.
Luego llegarían los cantautores y con ellos la indignación que tanto predicamento ha tenido, y tiene por estos lares. Cuando escuché a estos zafiros en “Y sabes bien” o en “Un nombre de mujer”, sentí que los conocía desde mucho antes, y el que lleve tiempo buscando más discos suyos, cuando solamente grabaron tres, solo consigue, de vez en cuando, descubrir que no estoy solo, y que la nostalgia bien llevada, la recuperación de un tiempo que nunca tuve y un lugar donde nunca estuve, puede llegar a convertirse en vicio.

Ahora encuentro un documental reciente “Music from the edge of time” Los Zafiros, y me atrevo a verlo completo, a sabiendas de que estará en inglés-americano y que voy a perderme gran parte de la narración. Pero resulta que los cubanos siguen hablando español, y que los documentalistas se limitan a hacer lo correcto, subtitular en su idioma los diálogos y las canciones. Suerte otra vez, y verlos en los pocos videos musicales que existen, de hace sesenta años, resulta una experiencia mitad arqueológica mitad mística.
Como biografía del grupo parece imprescindible, tanto como incompleta, al faltar el background social de esa época, que del vocal ya se encargaron ellos. Actuaciones triunfales en casi todo el mundo, y el casi es por su ausencia donde más los hubiéramos disfrutado, por razones fáciles de comprender. Por aquí andaban colgados y medio zombis los Lecuona Cuban Boys, a los que escuché haciendo bolos en las discotecas madrileñas en las sesiones de los jueves, el dia de libranza de las chicas que eran la estrella del espectáculo. También andaban Los Llopis por allí con su cocodrilo en la puerta verde, y los que realmente hacían sombra a los Platters, a Frankie Lymon, y hasta a Los Temptations, ni siquiera existieron hasta hace bien poco, Los Zafiros...
Ya digo que resulta frustrante el que en una isla y un país tan hermoso y de gente tan encantadora, no haya sucedido al parecer  otra cosa que la buena música y el ron, las lágrimas – falsas, de teatro ínfimo- y el chorrito de licor vertido sobre las tumbas de los que se fueron.

Reservan para la última parte, la escena que se queda grabada en el espectador, el impacto vital que no puede pasar desapercibido. Los “Nuevos Zafiros” improvisan en una plazoleta “Un nombre de mujer” que no es otro que el de “Ofelia”, y puedes ver como en el corro de vecinos hay ancianos y niñas y todos, absolutamente conocen la letra y la melodía, y no desentonan haciendo grande otra vez esos tres minutos gloriosos. Cuando un mulato larguirucho y añoso se enfrenta a la cámara y reconoce ser el compositor de la canción. Un poco más adelante, sin dejar de sonar la canción, podemos ver a la auténtica Ofelia, que es la madre del autor, y que nos cuenta desde sus noveintaytantos como surge la letra, tan solo de una llamada de teléfono a una madre.
Prodigioso final.


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