
De Cuba traigo un cantar
hecho de palma y de sol
cantar de la vida nueva
y del trabajo creador
para el ensueño mejor
cantar para la esperanza
para la luz y el amor...
hecho de palma y de sol
cantar de la vida nueva
y del trabajo creador
para el ensueño mejor
cantar para la esperanza
para la luz y el amor...
Y ahora que sale Cuba a relucir, compruebo como se eterniza
la desgracia del pueblo cubano y entra pánico al pensar que lo nuestro vaya por
el mismo camino, con el agravante de que aquí no ha habido ninguna revolución,
ni bloqueo comercial, sino todo lo contrario, libertad y apertura comercial,
desaparición de las fronteras, moneda común –no devaluable – e incluso
comenzamos a entender lenguas inescrutables para nosotros desde aquello de la
torre de Babel.
A pesar de todo,
perece que va a eternizarse, o quizás a descubrirse el pastel que ha estado
oculto en la fresquera mental. Que hay conceptos políticos, históricos, y hasta
religiosos, que no están hechos para nosotros.
Que nos importa un pimiento la nación, el estado o la
democracia, con minúsculas, y que nuestro contrato social no vaya más allá de aquel de Groucho, el que arrancaba
la parte contratante de la primera parte, y continuaba hasta convertirlo en un
guiñapo de papel. Que es suficiente el tener “a pienso” el porcentaje necesario
de votantes para eternizar a cualquiera en el poder, y que el resto de la
población se contenta con su dosis periódica de indignación, mejor si va
acompañada de medio kilo de sarcasmo, de humor negro dirigido, a poder ser,
contra nosotros mismos.

En 1959. Llevan pues…55 años. Nosotros solamente 40, pero pasar del desencanto a la incertidumbre llega a hacerse penoso para los que tienen el calendario marchito, y todavía más para los demás, que esperan el milagro imposible, el que todo cambie a mejor en su ausencia, en modo espectador. Algo imposible.
Leía en las memorias – apócrifas, en realidad una larga
entrevista- de Fernando Fernán Gómez la frasecita que algún personaje suyo usa
de epitafio en “Las bicicletas son para el verano": Deseábamos tanto que
terminase la guerra, que no pudimos sospechar que después vendría algo peor, la
paz.
Luego aprendí que ya lo dijo antes algún político español en
el exilio, muy comprensible el asunto, y que después de la larga, eterna,
dictadura, algunos pudimos comprobar que la transición no fue tan desgraciada
como la guerra, ni mucho menos como la paz aquella que mencionaba Fernando,
pero en todo caso si ha sido, está siendo todavía, realmente decepcionante.
Por eso cuando veo que los cubanos se enfrentarán cualquier
día de estos a su transición, se me recrudece el prurito ese que no me deja
dormir, el picor innombrable. Ojalá tengan más fortuna y mejor ron.

Luego llegarían los cantautores y con ellos la indignación que tanto predicamento ha tenido, y tiene por estos lares. Cuando escuché a estos zafiros en “Y sabes bien” o en “Un nombre de mujer”, sentí que los conocía desde mucho antes, y el que lleve tiempo buscando más discos suyos, cuando solamente grabaron tres, solo consigue, de vez en cuando, descubrir que no estoy solo, y que la nostalgia bien llevada, la recuperación de un tiempo que nunca tuve y un lugar donde nunca estuve, puede llegar a convertirse en vicio.

Como biografía del grupo parece imprescindible, tanto como incompleta, al faltar el background social de esa época, que del vocal ya se encargaron ellos. Actuaciones triunfales en casi todo el mundo, y el casi es por su ausencia donde más los hubiéramos disfrutado, por razones fáciles de comprender. Por aquí andaban colgados y medio zombis los Lecuona Cuban Boys, a los que escuché haciendo bolos en las discotecas madrileñas en las sesiones de los jueves, el dia de libranza de las chicas que eran la estrella del espectáculo. También andaban Los Llopis por allí con su cocodrilo en la puerta verde, y los que realmente hacían sombra a los Platters, a Frankie Lymon, y hasta a Los Temptations, ni siquiera existieron hasta hace bien poco, Los Zafiros...
Ya digo que resulta frustrante el que en una isla y un país
tan hermoso y de gente tan encantadora, no haya sucedido al parecer otra cosa que la buena música y el ron, las lágrimas
– falsas, de teatro ínfimo- y el chorrito de licor vertido sobre las tumbas de
los que se fueron.
Prodigioso final.