De alguna manera la
relación del lector ante un texto que va a leer, o la del espectador
ante una película, es muy parecida a la habitual relación entre los
humanos. Esperamos hablar y escuchar, ser
escuchados cuando exponemos nuestra opinión o nuestros deseos.
En el instante en que se
rompe la interactuación de ambos, incluyendo a aquellos que exigen una comunicación bidireccional, reciproca, la relación
desaparece. Al menos lo hace en el sentido fundamental de la misma,
la que se entiende sucede entre iguales, humanos libres.
Esta ruptura es más
frecuente, me temo, de lo que sería deseable, no solo para mantener
las normas sociales, sino para el desarrollo mutuo de los individuos
que hablan y escuchan, bien diferentes de aquellos que hablan o
escuchan, y nunca ambas cosas alternativamente.
En el ambiente coloquial
entre amigos, compañeros de trabajo, y por supuesto el familiar,
esta regla no escrita resulta de vigencia fundamental. Aquellos que
tienen tendencia a perorar indefinidamente, sin ofrecer la menor
ocasión, ni interés, por la opinión del interlocutor, suelen tener
un futuro social donde la auto marginación suele aliarse
exclusivamente con las benzodiacepinas, a medio o a largo plazo.
Curiosa e
inexplicablemente, ofrecemos nuestra servidumbre incondicional, como
meros oyentes, mudos vasallos de quien expone ante nosotros su
versión de la vida, siempre que lo veamos escrito en un texto o
proyectado en una pantalla.
Este flujo unidireccional
permanente no nos enriquece en absoluto, no fuerza nuestro intelecto
más allá de la aceptación gozosa o del rechazo sobre la obra y la
consecuente búsqueda o censura de la próxima del autor que nos haya
satisfecho con su historia, que casi nunca es la nuestra.
Ese todo fluye ante
nuestra retina se convierte en una perdida irremediable de nuestro
preciado tiempo -que es finito- y lo que es peor, en un embotamiento
intelectual, una renuncia a poner nuestras ideas a la altura de las
del escritor o del cineasta.
Parece algo irremediable,
el tu das y yo tomo, y además pago; pero existe la capacidad de
discriminar la calidad y la cantidad -no menos importante a la hora
de disponer de una meditada respuesta- de aquello que vamos a digerir
día tras día.
Extrapolar la lectura o la
cinefilia a las inevitables e interminables horas televisivas, y la
exposición ante mensajes de ínfima categoría moral e intelectual,
parece obvio. El que esa exposición , unidireccional, mantenga y
perpetue la incapacidad de respuesta por parte del espectador,
también.
Por ello, uno busca,
infructuosamente casi siempre, el milagro que sabe oculto, entre
centenares y millares de libros, de películas, aquel o aquella que
necesita de su participación, de su reacción, imprescindible para
establecer esta relación bidireccional de la que hablaba al
principio.
Y a veces sucede, te hace
creer en los prodigios cuyo eco proveniente de lugares insospechados
y tiempos pretéritos, resuenan en tu cabeza, haciéndote ver con
claridad algo que habías intuido pero que estaba semioculto
esperando la ayuda de la linterna en mano ajena, para esclarecer ese
concepto, esa idea que te hace más rico espiritualmente y que te va
a acompañar desde ese día luminoso.
“Everything is
iluminated” 2005 de Liev Schreiber. Comedia dramática donde un
joven judío americano intenta encontrar en Ucrania a una mujer que
salvó a su abuelo durante la II Guerra mundial, ayudado por por un
excéntrico local.
Las virtudes de la road
movie son innegables, la historia de un periplo en el que la búsqueda
de El Dorado se encuentra enriquecida por todos los paisajes y
personajes que van apareciendo en el trayecto. Fluyen las imágenes,
bellisimas a veces, bajo el humor, propio del choque entre dos mundos
diferentes.
Pero sucede después algo
especial, algo que hacía tiempo no había experimentado este
espectador.
Hay películas que
terminan al poco tiempo de comenzar, te invitan a mirar el reloj
repetidamente buscando el consuelo de comprobar que el soportar esa
banalidad tiene una duración decreciente.
Otras, la mayoría de las
que pasaron el filtro de la crítica y gastaron en su promoción el
doble o triple que en su producción, te dejan sentado esperando su
final, sin más daño ni beneficio que el de las dos horas que les
has dedicado.
Pero es que hay algunas,
excepcionales, tanto como el contemplar el rayo verde en la puesta de
sol sobre el horizonte marino, en las que la película comienza
realmente cuando ha terminado la proyección.
Cuando al poco rato de
acabar los títulos de crédito, me doy un manotazo en la frente, y
me digo:
!Huy lo que me ha dicho!
!Lo que me ha dicho!.
Y de pronto la comedia,
que no lo es, la aventura del joven viajero y su colega ucraniano, el
recorrido semi turístico por un país y un paisaje que nunca vas a
visitar, se convierten en una carga de profundidad que, no llega a
hundir el decrépito submarino donde guardas tus ideas adoptadas o
compradas en los interminables mercadillos callejeros, en los rastros
donde las antiguallas de toda índole han ido rellenando los cajones
de los recuerdos. Pero la sacudida es tan terrible que muchos de esos
cachivaches salen de sus escondrijos y se reubican en una nueva
disposición, de la historia, de la moral, de la vida, y sobre todo
del presente, de ese tiempo cuya actualidad reconoces que ya lo era
en tiempo de tus abuelos, de los tuyos y de los ajenos. Ese es el
descubrimiento de la realidad que nunca lo fue, de las creencias
ficticias que te hacen sospechar de tu incapacidad como espectador,
de tu escucha irreflexiva ante quien hablaba solo, de la necesidad de
reflexionar sobre todo lo que te llega a través de los libros, de la
imagen, de las noticias, y la revelación de que sin tu parte del
dialogo, la que diriges a ti mismo, la historia que has contemplado
va a quedar incompleta.
Diálogos terribles,
cortos e inconexos entre dos jóvenes que desconocen el lenguaje
ajeno, que relacionan con dificultad sus mundos tan diferentes, el
primero que lleva camino de dejar de serlo, y el tercero que por
momentos no lo es. Diálogos que horas después de escucharlos, retumban en tu cabeza con la
precisión de un guión de Billy Wilder, donde nada sobra, donde nada
falta.
Situaciones extrañas,
solo en apariencia, y personajes esperpénticos, que no lo son en
absoluto. Solo sirven para que medites por qué actúan así, tan
diferente a como lo haríamos nosotros, y sobre todo que pienses
sobre quien lo hace correctamente, si tu, el protagonista, o quizás
ellos.
El asunto sugerido como
principal, nunca dejará de serlo, el maldito holocausto, pero queda
en un hábil y discreto segundo plano, haciendo de telón de fondo
sobre lo que te quieren contar, lo que tienes que descubrir, la
ignorancia de los hechos por aquellos que estaban allí, o al menos
sus padres y abuelos. tan cercanos que, la inexistencia de ello en
su memoria te hace sospechar sobre la capacidad del ser humano para
ignorar involuntariamente situaciones tan terribles que se convierten
en no sucedidas por la mera necesidad de supervivencia.
Y no trata de eso la
película, o al menos solo de eso. Trata de la herencia de esas
vicisitudes y de sus consecuencias, por tremendas que hayan sido. De
la asunción por cualquier etapa en las generaciones familiares, de
los pecados y virtudes de quienes les precedieron.
Tantas cosas más que no
dejan de enriquecer las posibilidades de un modo de vida, el nuestro,
sobre el que estamos empeñados en su artificial deterioro.
Tantas costumbres absurdas
que hemos adoptado contagiados por la moda imperial, y por esa
relación de oyente sumiso que nos impide cuestionarnos su sentido.
Tanto es así que, no puedo ni citarlas por aquello de no acabar
lapidado por los creyentes en esto o aquello, en cosas y hábitos que
solo por pertenecer a ese todavía primer mundo, consideramos
perfectamente razonables, o razonablemente perfectas, siempre y
cuando no razonemos en absoluto.
Ciertamente puede verse, y
disfrutarse, como una comedia amable que termina con su final
habitual. En mi caso, agradezco que además haya resultado ser una película
memorable.
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